III. El G-20: Urgente Definición de Prioridades
Por
Guillermo Gutiérrez Nieto
México exhibirá por segunda vez en el
presente sexenio su capacidad de convocatoria y su experiencia para realizar
encuentros de gran envergadura en los cuales se analizan temas trascendentes de
la agenda mundial contemporánea. Como ocurrió en Cancún a finales de 2011 con
la Convención Marco sobre Cambio Climático (COP16) y la evaluación de los
avances del Protocolo de Kioto (CMP6). En junio de 2012 nuestro país será anfitrión
de la VII Reunión Cumbre de los Líderes del Grupo de los Veinte (G-20), foro de
concertación que desde su origen en 1999 ha propuesto soluciones globales a
problemas económicos y financieros, no obstante que originalmente lo hizo con
un esquema de acercamiento diferente al actual, que es más abierto e inclusivo.
De
los encuentros entre países desarrollados para encontrar soluciones a los
ciclos críticos del sistema económico internacional surgió el Grupo de los 7 (G-7)
en 1975, transformado en G-8 en 1998 con la incorporación de la federación de
Rusia. Desde su origen, este grupo concertó soluciones para paliar las
consecuencias de los manejos ineficaces de capitales que ponían en riesgo toda
la economía internacional. Aunque con el paso del tiempo este conglomerado actuó
en conjunción con países de economías emergentes y organizaciones
internacionales, sus resultados fueron magros y de alcance limitado. Debido a
ello, y ante las secuelas cada vez amplias y agudas de las coyunturas
financieras, la creación de un mecanismo de concertación dejó de ser una opción
para convertirse en una necesidad.
Así,
después de las agudas crisis financieras acaecidas durante los años noventa del
siglo pasado (México, 1994; el sureste asiático, 1997; Brasil y Argentina,
1999) surgió un foro de ministros de finanzas y gobernadores de bancos
centrales, con la finalidad de iniciar un diálogo sobre las políticas del
sector financiero con implicaciones para la estabilidad económica. Las secuelas
globales de las crisis financieras suscitadas en los últimas dos décadas
consolidaron el rol de nuevos actores, fundamentalmente aquellos con economías
en desarrollo o emergentes. Actualmente esta instancia aglutina a los miembros
del G8, la representación de la Unión Europea y 11 países cuya dimensión de su
economía puede repercutir en la estabilidad del sistema financiero
internacional.
La membresía
de este conglomerado, que representa alrededor de 65% de la población mundial y
85% de la economía mundial, ha sido criticada. Empero en el tratamiento de
ciertos asuntos ha demostrado ser un mecanismo efectivo capaz de destrabar
negociaciones e impulsar diversos temas debido a la importancia geopolítica y
capacidad económica de sus miembros. Igualmente, se ha convertido en un espacio
donde los países de mediano desarrollo inciden en la conformación de un orden
internacional equilibrado y más proclive a recoger los intereses del conjunto
de la comunidad internacional.
El
esquema de trabajo entre los ministros de finanzas y los gobernadores de los
bancos centrales de los veinte integrantes se mantuvo de 1999 a 2008 a través
de 10 reuniones, cada una celebrada anualmente en alguno de los países
miembros. El diálogo para garantizar la
estabilidad de la economía mundial
iniciado en 1999, en Berlín, Alemania, se trastocó después de su último
encuentro en Brasil en 2008, año en que Estados Unidos afrontó una crisis financiera
de magnitudes sin precedente reciente. Esta situación y sus posibilidades de
contagio universal motivaron una reunión de los líderes de las 20 economías con
mayor peso y presencia, para asegurar una respuesta coordinada a las causas de
la crisis. Comenzó así la nueva etapa de este grupo, que desde entonces estableció
como basamento de acción la restauración del crecimiento global, el
fortalecimiento del sistema financiero internacional y la reforma de las
instituciones financieras internacionales.
Hasta
ahora el grupo, en su variante de líderes
(Jefes de Estado y/o de Gobierno) se ha reunido en 6 ocasiones.
En su devenir como conglomerado de
países que busca la coordinación de políticas para garantizar la estabilidad y
crecimiento a nivel mundial, así como promover regulaciones financieras
globales para disminuir riesgos y prevenir nuevas crisis, ha destacado la
suscripción de declaraciones y el establecimiento de planes de acción. Al
inicio sus objetivos y metas estuvieron ceñidos al ámbito económico-financiero,
sin embargo paulatinamente su enfoque se magnificó, comprendiendo temas como la
cooperación internacional para el desarrollo, el comercio internacional, la
seguridad energética, la eliminación de subsidios ineficientes a los
combustibles fósiles, el cambio climático, la crisis alimentaria y el cumplimiento
de los objetivos de desarrollo del milenio.
Un
hito trascendente en lo que fue su núcleo de atención primario ocurrió durante
la quinta reunión (Seúl, Corea), cuando el listado de temas se abrió hacia
temas ya abordados a detalle y profundidad por otras instancias u organismos
internacionales. Quizá por tratarse de la primera reunión del G-20 realizada en
una economía emergente, los países en desarrollo
tuvieron una notable incidencia en la agenda y en los resultados de la cumbre, logrando
incluir temas como la creación de redes de seguridad financiera internacional;
la inclusión de la agenda para el desarrollo (Consenso de Seúl para el
Desarrollo y el Crecimiento Compartido y el Plan de Acción de Seúl); el combate
a la pobreza; la generación de empleos de calidad; y el cumplimiento de los
Objetivos de Desarrollo del Milenio. Esta tendencia volvió a reiterarse en la sexta
reunión (Cannes, Francia), en la cual el G-20 estableció una estrategia amplia
para asegurar el desarrollo y generar empleos; afrontar la volatilidad de los
precios en los alimentos y estimular la producción agrícola mundial; mejorar el
funcionamiento de los mercados de energía, y rechazar el proteccionismo,
fortaleciendo el sistema multilateral de comercio.
Ante
esta amplia agenda de temas México asumió la presidencia del G-20 en noviembre
de 2011, comprometiéndose a conducir un
proceso de concertación eficaz para asegurar acuerdos y resultados de beneficio
colectivo. En distintas oportunidades, el gobierno mexicano ha señalado que se realizará
una evaluación de los compromisos asumidos en reuniones anteriores y buscará
insertar nuevas propuestas y temas. Igualmente, como se ha evidenciado en los
últimos meses, está promoviendo la participación activa de países no miembros,
organizaciones internacionales, instituciones académicas y sector privado, a
fin de otorgar mayor apertura y pluralidad al diálogo instaurado por el grupo.
Para
México, que es el segundo país con economía emergente en ocupar la presidencia
del G-20 a nivel de líderes, el objetivo fundamental es el fortalecimiento de
los recursos del Fondo Monetario Internacional (FMI), aunque antes Europa
tendría que incrementar su fondo de rescate; igualmente importante es la
creación de empleos, fundamentalmente entre jóvenes; se buscaría también la
recuperación del crecimiento económico mundial y un “crecimiento verde.” Otros
temas de la agenda que resultan de interés para
nuestro país, son la inclusión financiera (asegurar un incremento
porcentual para que la población tenga acceso a algún recurso financiero); el
impacto del aumento en el precio de las materias primas sobre el crecimiento
económico; el rechazo de nuevos aranceles y el fomento del comercio
internacional.
Independientemente
de los compromisos que se alcancen en la reunión de junio próximo, conviene
recordar que los encuentros previos del G-20 han terminado en declaraciones de
principios y planes para asegurar el bienestar colectivo. Por ello nuestro
país, en su calidad de presidente de la veintena de líderes, tiene una gran oportunidad
para plantear el rumbo que podrá tomar el grupo ante la nueva realidad
internacional; así como reiterar su rol como una nación de tamaño medio que tiene
una postura propia respecto a los temas que hoy ocupan un lugar central en la
agenda multilateral.
Es
urgente que este foro, originalmente creado para afrontar problemáticas
económico-financieras, concentre nuevamente sus esfuerzos en esos aspectos y
deje atrás su intención de abarcar integralmente la agenda internacional
contemporánea. Ante el amplio entramado de organizaciones y foros donde se enfrentan
actualmente los principales problemas del orbe, los esfuerzos del G-20 por
ampliar su campo de acción se verán amainados ya que se sobreponen a lo
comprometido en otros ámbitos.
Ejemplos
de esta tendencia los encontramos en dos temas fundamentales: cooperación para
el desarrollo y crisis alimentaria. El primer caso fue abordado en la Conferencia Internacional sobre la Financiación
para el Desarrollo (Monterrey, 2002), de la
cual emanaron compromisos y acciones concretas plasmadas en el Consenso de
Monterrey, todo lo cual implicó una
ulterior revisión de los logros (Doha, 2008); actualmente está pendiente un
nuevo balance respecto a su situación actual y futuro. En el segundo caso, los
esfuerzos por asegurar alimentos para toda la humanidad han sido una constante desde
1974 con la Conferencia Internacional sobre
Alimentación y con los diversos encuentros en el
seno de la organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la
Agricultura (FAO) o la Conferencia de la Naciones Unidas sobre Comercio y
Desarrollo (UNCTAD), ello sin omitir los esfuerzos que realiza el Fondo
Internacional para el Desarrollo Agrícola para paliar este problema.
Ante esta realidad, México
podría favorecer el avance de acuerdos específicos que muestren resultados en
el corto plazo. La estrategia multilateral de nuestro país se ha convertido en
un baluarte poco destacado, a pesar de los resultados positivos obtenidos en época
reciente.
Por ello, coadyuvar en la delimitación de los temas al interior del G-20 más
que verse como una estrategia de visión corta, podría ser la estratagema que
permita avances específicos en un ámbito donde más que nunca se requieren
reformas: el sistema financiero internacional.
De los temas en los que ha
participado nuestro país y en los cuales podría concentrarse a fin de asegurar
avances de corto y amplio alcance destacan: propugnar por la estabilidad
económica mundial (adopción de medidas anticíclicas, equilibrio fiscal y
crecimiento sostenido); asegurar el cumplimiento pleno del Marco para el
Crecimiento Vigoroso, Sostenible y Equilibrado (establecido en Pittsburgh en
2008 para asegurar que las políticas fiscales, monetarias, comerciales y
estructurales de los países miembros sean consistentes a nivel global), y el
establecer políticas macroeconómicas que no manipulen el tipo de cambio o las
tasas de interés.
Importante sería también enfocarse
en la reforma de las principales instituciones financieras, para que las
economías emergentes participen de forma equilibrada y acorde con su peso, en
la economía internacional; en los aumentos de capital al Fondo Monetario
Internacional y el Banco Mundial, y en un incremento de la voz de los países en
desarrollo en la toma de decisiones.
En la retahíla de
prioridades, igualmente podrían sumarse el establecimiento de nuevos
instrumentos de préstamo flexibles a los países en desarrollo, para mejorar su
accesibilidad a recursos durante crisis o dificultades; el fortalecimiento de
los sistemas financieros para evitar elementos de regulación que puedan
encarecer el acceso al crédito, o imponer requerimientos de capital demasiado
estrictos y, la continuación de los esfuerzos realizados por el comité de
Basilea de supervisión Bancaria y del Consejo de Estabilidad Financiera, acordado
con el FMI para garantizar una mayor cooperación global y
proporcionar un sistema de alerta temprana ante futuras crisis financieras.
El establecimiento de estas
prioridades no significa que los temas no financieros del G-20 sean de menor trascendencia
o que puedan esperar un mejor momento para ser solucionados. De lo que se trata
es que el G-20 regrese a su basamento originario de resolución de problemas que
afectan el funcionamiento del sistema financiero internacional y deje al
margen, o mejor dicho en manos de otros foros o mecanismos, la solución de ingentes
problemas que también demanda la humanidad en su conjunto.
La posibilidad de que la compleja situación
económica internacional desemboque en una nueva crisis financiera y el posible
desgaste del G-20 como facilitador de acuerdos, implican un gran riesgo para el
mundo y por ello el acotamiento de objetivos y metas es más una necesidad, que
un repliegue obtuso. La construcción de soluciones a los complejos problemas
económicos y financieros que hoy enfrenta la comunidad internacional en su
conjunto, es una prioridad que deberá dejar atrás horizontes amplios para
enfocarse en ámbitos de bienestar más cercanos e inmediatos.