VI. “A Walk in the Woods”
Reseña y
comentarios
por
Alberto Bernal Acero
Cuando se escribe sobre diplomacia,
normalmente se piensa en profundos análisis sobre las negociaciones que
realizaron diplomáticos distinguidos como Metternich, Kissinger, Gromycko,
Alfonso García Robles o Eleanor Roosevelt.
Sin embargo, un aspecto que no se
menciona es el humano. Al final de cuentas, quienes se sientan en una mesa de
negociación son personas con sentimientos y convicciones personales al margen
de las que representan; con penas y alegrías, que deben dejar en el portafolio
y abocarse al trabajo que les fue asignado.
Esta faceta es en la que se centra
el dramaturgo estadounidense Lee Blessing en su obra “A Walk in the Woods”.
La obra se ubica en lo más álgido de
la Guerra Fría, se trata de una pieza teatral que presenta la interacción de un
diplomático soviético y un negociador estadounidense, que transcurre en la
campiña suiza, cercana a Ginebra, en una imaginaria negociación. Andrey
Botvinnik es un diplomático de carrera en sus últimos 50’s, mientras que John
Honeyman es un negociador en sus medianos 40’s. Botvinnik es lo que diríamos,
un “viejo lobo de mar”, ya curtido en anteriores negociaciones con contrapartes
estadounidenses, mientras que, Honeyman es un experto de escritorio, al que se
involucra en esta negociación por haber planteado una propuesta interesante del
lado de Estados Unidos, para ser sometida a los soviéticos (en su conversación,
el propio Honeyman admite haber participado en negociaciones de bajo nivel).
Para el novato en las conversaciones
de alto nivel, resulta inaceptable y a ratos increíble la frugalidad de la
conversación de su contraparte soviética, incluso al grado de que desde un
principio, cuestiona el objeto de salir a caminar por el bosque. El
estadounidense lo interpreta como un movimiento estratégico para ventilar algún
tema especialmente delicado. Botvinnik simplemente desea dar un paseo para
contemplar el bosque, los árboles y platicar de cualquier cosa. El veterano admite
que le simpatiza su contraparte principiante y que desea iniciar una amistad,
al margen de la tarea que tienen encomendada. Honeyman está impaciente e
indignado ante esta actitud aparentemente superficial.
Sin embargo, a lo largo de la obra
–que se desarrolla en dos actos-, el negociador norteamericano descubre que, si
bien la tarea encomendada es fundamental para el equilibrio de las
superpotencias, también da espacio para que dos seres humanos dejen esa tarea
en la mesa de negociación y puedan compartir algo tan simple como caminar por
el bosque y descubrir su lado humano y sensible, que a fin de cuentas, es parte
de los dos personajes.
La obra fue estrenada en febrero de
1987 y tuvo una de sus mejores representaciones en 1988, dentro del programa
American Playhouse, realizado por el sistema de televisión pública de Estados
Unidos (PBS), contando con las actuaciones de Robert Prosky como Botvinnik y
Sam Waterston como Honeyman. En dicha escenificación se pudo ver el choque
inicial de dos personalidades aparentemente disímbolas, entre la urgencia de un
negociador con la mirada fija en su tarea y un diplomático que solo desea dar
un paseo y conocer mejor a su contraparte. Al final, ambos personajes reconocen
que son parte de un complejo entramado político y que lo que pueden hacer para
no perder su cordura y su sentido humano es refugiarse en la tranquilidad de
los bosques suizos y caminar.
A Walk in the Woods ha tenido pocas representaciones desde entonces. Sin
embargo, su lectura es una invitación a explorar el aspecto humano de la
diplomacia y la negociación, como esencia de la misma.
Los personajes muestran a ratos un cierto cinismo
respecto a su papel en el ajedrez de las negociaciones EUA-URSS, pero también
es un aterrizaje en el que quienes están
sentados en la mesa negociando la paz mundial, al final de toda la
confrontación y la lucha de intereses y posiciones establecidas por sus
lealtades y orígenes, son personas que tienen una mentalidad propia, que no son
máquinas programadas para mantener una posición inamovible y que,
eventualmente, pueden ceder a favor de una contraprestación del otro lado de la
mesa.
Como antes se dice, Botvinnik es un diplomático con
cierta edad y mucha experiencia en este terreno, la que le ha permitido poder
separar la mesa de negociación del hecho de tener su propia visión de las
cosas. Está consciente de su rol en Ginebra y no lo rechaza ni lo evade, pero
lo compensa con la simplicidad de una conversación en el bosque: tomar el sol
sentado en una banca y contemplar la belleza de los árboles a su alrededor. El
diplomático soviético ha visto ir y venir a representantes de EUA -cada uno
diferente y todos rígidos negociadores que no desean mostrar un aspecto de
debilidad frente al adversario soviético-, pero Botvinnik los “enfrenta” con su
trato cordial, simple, sin protocolos, el que se manifiesta en esos paseos por
el bosque. Así lo demuestra en sus comentarios sobre el predecesor del actual
negociador, a quien califica de “parecer un perro esperando su cena”, demasiado
formal y, diríamos nosotros, “estirado” ya que “nunca cambiaba su posición”
refiriéndose a su manera de sentarse a la mesa.
Honeyman, por su parte, es el funcionario que llega a
Ginebra con una misión y la instrucción de regresar con un acuerdo firmado o
una mejor oferta. No ve más allá de su comisión, no acepta que haya algo más
allá de la misma.
El diplomático estadounidense ve al soviético como al
enemigo implacable al que debe doblegar con sus sesudos argumentos y una
propuesta “perfectamente estructurada” para lograr una negociación favorable.
Después de todo, él fue uno de los que la armaron en su escritorio de
Washington, el plan negociador, sin haber estado en las conversaciones
anteriores y sin conocer personalmente a sus contrapartes, a quienes ve como
contrincantes.
Conforme se dan estas caminatas (que
llegan a ser varias en el curso de un año de negociación), Honeyman empieza a
entender mejor la posición del soviético, y termina en el punto en que, en la
misma banca en el bosque donde empezó su recorrido y su mutuo conocimiento,
primero con recelo, ahora ambos se acompañan para ver el bosque, poco después
de que Botvinnik le anuncia que se retira de las pláticas por órdenes de su
gobierno, y el que fuera el adversario se convierte en el amigo, al que le pide
no irse y seguir trabajando en lograr progresos en la empresa en la que ambos
están embarcados.
Es un texto de fácil lectura.
Desconozco si haya versiones en español, pero sería una experiencia interesante
poder montar la obra teatral en nuestro país, o al menos para que nuestros
jóvenes diplomáticos, y algunos no tan jóvenes, puedan verse reflejados en
estos personajes y descubran esta interesante faceta del oficio de la
diplomacia y que a la vez, puedan tener una óptica de una época de la historia
reciente de nuestro mundo, mientras dan un paseo por el bosque.
México,
D.F., abril de 2012.