II. DILEMAS DEL MIGRANTE

En semanas recientes los medios de comunicación han ocupado buena parte de su tiempo en informar sobre la suerte de miles de migrantes que se dirigen a Europa y Norteamérica sobre todo. A todos ellos –niños, hombres y mujeres- los motiva la sobrevivencia. Escapan de la guerra, de la violencia, de la inseguridad, de la pobreza… La ironía del caso es que son cada vez menos sus posibilidades de establecerse en un nuevo territorio, porque va en aumento el número de países cuyos gobiernos bloquean el ingreso.

Los métodos para rechazar a esos grupos que emigran son cada vez más despiadados. El ejemplo más contundente bien puede ser el que se ha impuesto en nuestra frontera con Estados Unidos. El gobierno autoritario y agresivo del presidente Trump discurrió separar familias y enjaular a los niños. Por sus obras los conoceréis. Las imágenes de esos centros de detención –o como los llamen- hacen recordar los que impusieron los nazis a los judíos.

Cada vez más se exige de los migrantes que viajan en busca de trabajo o seguridad una cuota gravosa, pagar tributo a un sistema que ellos no crearon y que condiciona su explotación. Guerras, odios, temores, rivalidades (étnicas, religiosas, económicas) y la pobreza y la marginación son los principales generadores de migrantes. No pocos gobiernos nacionales y locales desdeñan la responsabilidad primigenia que tienen de crear las condiciones para desalentar el éxodo, para asegurar modos de sobrevivencia digna y segura para sus habitantes, obligación que demanda incluso el sano sentido de la lógica económica.

Las fronteras nacionales se levantaron en la época contemporánea. El siglo dieciocho erigió las nacionalidades y el nacionalismo redujo abruptamente las migraciones. En África y el Medio Oriente fue hasta el siglo veinte cuando los poderes imperiales tendieron discrecionalmente las líneas que dividen a actuales nacionalidades.

Emigrar es una acción natural y legítima del ser humano, como lo es también permanecer en un mismo lugar. Es un acto reflejo tan antiguo como la sobrevivencia y la más inmediata manifestación de libertad. Es un derecho natural, un derecho humano que los muros del nacionalismo exaltado pretenden acotar. Embebidos en su riqueza material varios países olvidan los peligrosos extremos a que puede conducir el nacionalismo.

Occidente, impulsor de la globalización, se esforzó por derribar los obstáculos a la circulación de bienes, servicios y capitales, pero no de las personas. Sí en cambio impuso obstáculos a los migrantes: noticias y testimonios en todo el mundo dan cuenta de su humillada dignidad, de su angustia y su miedo. A veces de su muerte. Antes, ser inmigrante era una oportunidad. Ahora, una desgracia, ha señalado el novelista Andrei Makine.

Las culturas se fecundan con los injertos, se abonan con los préstamos y los cruzamientos. La diversidad enriquece a las sociedades y la imposición de la uniformidad las menoscaba. Son casi mil millones de personas las que se desplazan al interior de sus países y más allá de sus fronteras, leí en un informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) hace tiempo. Al cambiar su lugar de residencia, el emigrante se embarca en un viaje de incertidumbre y esperanza, reconocía el grupo de especialistas que lo elaboró. La mayoría se traslada en busca de mejores oportunidades, en espera de combinar sus propios talentos con los recursos del país de destino en beneficio propio y de sus familiares cercanos. Casi nunca son valorados suficientemente los beneficios que aportan.

Es innegable que la organización de la vida política y social de las naciones demanda orden y concierto. Sería patético considerar al planeta que habitamos como un edén original si en el hombre hay mala levadura. La utopía implica inconformidad con las cosas como son y el afán por transformarlas en como debieran ser. Idealmente una autoridad mundial debería posibilitar el movimiento de las personas aligerando las formalidades, para que cada uno se mude adonde mejor le acomode. El reconocimiento al derecho de cada persona a trasladarse sin aportar justificaciones representaría un progreso considerable; que todo migrante poseyera un pasaporte con visa universal significaría un paso enorme de la civilización.

Pero en Occidente, donde surgieron y desde donde se impulsaron las ideas de libertad, democracia y la cultura de los derechos humanos, se ha producido una regresión. El siglo veinte fue autor y testigo de algunas de las más atroces acciones de la humanidad: de los hornos crematorios del régimen nazi y del gulag estalinista. De continuar como se perfila el siglo en curso, los horrores que acumule no se juzgarán crímenes leves.

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