EL SALTADOR DEL MURO. Por Leandro Arellano

No es la primera vez que México se encuentra en una situación penosa. Nuestra historia registra las dificultades nacionales más bien como un lugar común y no como excepciones. En lo interno, actualmente ahogan al país la violencia, la corrupción y la impunidad, además de un gobierno incapacitado. Y del exterior proviene -en primerísimo lugar- la amenaza que representa el actual gobierno de Estados Unidos. En menor medida, pero vinculada con el riesgo estadounidense, la migración proveniente de nuestra frontera sur.

LA GEOGRAFÍA ES EL PRIMER FACTOR DE LA POLÍTICA EXTERIOR Y NO PUEDE SER MODIFICADA.

Para bien y para mal el eje de la política exterior de México es y ha sido históricamente su relación con Estados Unidos. Al presente gravita sobre nuestro país -como la espada de Damocles- la relación con nuestro vecino del norte, la difícil relación con el presidente Trump. Desde su anuncio como aspirante a la presidencia, él advirtió el camino que se proponía transitar y es ineludible reconocer que cuenta con el apoyo de los millones de electores que votaron por él y lo apoyan.

Las tradiciones grecorromana y judeocristiana heredaron la tendencia de Occidente a la universalidad. Estados Unidos la enarboló durante los últimos cien años, con más o menos rudeza. Pero Trump promueve ahora lo contrario a los valores que impulsaron las instituciones de su país. Se pronuncia contra el universalismo que representan la democracia, el libre mercado y los derechos humanos. Promueve anhelos contrarios a la interdependencia y a la sociedad abierta. Con un ideario retrógrado y un programa de gobierno agresivo y azaroso, el presidente Trump desató en los hogares, en la calle y en el debate público, la posibilidad de expresar o manifestar abiertamente el odio, el resentimiento y el racismo. No son pocos en su país los que sienten y piensan como él. Cuidado: la historia enseña que el resentimiento y la amargura tienen finales cruentos.

No son los mexicanos quienes han empobrecido a ciertos estratos estadounidenses como él aduce, pues esa responsabilidad recae en la propia política económica de Estados Unidos, la cual estuvo encaminada -sobre todo a partir de la presidencia de Reagan- hacia una despiadada concentración de la riqueza. Así fue como en las últimas décadas se extremó la polarización y creció la desigualdad.

Pero nada más natural para una persona con los afanes del presidente Trump que encabezar los “agravios” de ese grupo de estadounidenses resentidos. En consecuencia, el Presidente Trump no cesará en sus intentos y pretensiones contra México, continuará denostando y acosando a nuestro país y a todo lo que de él provenga. Grave error será no creer en sus declaraciones o propósitos, por más bizarros que parezcan. La sociedad venezolana -sobre todo la oligarquía- desoyó las advertencias de campaña del comandante Hugo Chávez…

EL OTRO FACTOR DECISIVO DE LA POLÍTICA EXTERIOR ES MÁS BIEN ASUNTO INTERNO: LA ECONOMÍA.

Si la geografía no puede ser modificada la historia sí, habida cuenta de que cierto realismo político es indispensable en toda sociedad. Si la política exterior depende de la política económica, México primero deberá redefinir su política económica, por lo tanto. Eso depende de quién resulte electo el 1º de julio.

Hace unos lustros, el gobierno de México apostó su desarrollo económico a la firma del TLCAN. Ignoramos cuál será el resultado de las renegociaciones en curso. Nuestro deseo es que prevalezca el sentido común y la coherencia. La vecindad da ciertas ventajas comerciales de las que México ha obtenido provecho, lo mismo que Estados Unidos. Pero sobreviva o no dicho Acuerdo, la estrategia comercial por antonomasia se halla en aprietos.

Más aún, el TLCAN cumple ya un cuarto de siglo y México sigue siendo un país atrasado.

Las causas del atraso hay que buscarlas, pues, en otra parte. La desigualdad continúa siendo la mayor falla del país. De 1946 a 1982 México creció a una tasa promedio de 6.6%. Pero lo cierto es que las autoridades mexicanas se atuvieron sistemáticamente a que Estados Unidos absorbiera la mano de obra mexicana sobrante, una de cuyas consecuencias emerge hoy como bandera de rechazo a México por parte de Estados Unidos, con una adición: al rechazo han agregado injurias, racismo y altanería.

Bien que nuestra dependencia económica de Estados Unidos es un fenómeno histórico, esa dependencia no tiene que ser excesiva ni intolerable. Eso depende de México, y México no debe ser complaciente. ¿Qué política exterior puede asumir?

Diversificar, para México, tiene casi un carácter axiomático, decía don Jorge Castañeda, padre. ¿Por qué diversificar? Diversificación económica equivale a menos dependencia política de un país. Incontables veces el Gobierno de México se ha propuesto diversificar sus relaciones con el exterior y lo ha logrado cuando se trata de asuntos como la paz y el desarme, la cultura, la cooperación internacional y muchos otros sectores. No tanto así en el comercio. ¿Por qué? Porque el comercio internacional es un asunto político lo mismo que económico.

No hay mucho margen para la diversificación comercial, pero lo hay. Habría que comenzar por el fortalecimiento del mercado interno. México es una nación acaudalada en recursos y su población rebasa los cien millones de habitantes. Cierto: las naciones desarrolladas capacitan a su población y mantienen salarios altos. Es un error fundar la competencia económica en bajos salarios o en la explotación laboral.

Comerciar en todas partes, con quien se pueda. Deberíamos hacerlo -en serio- con Asia, África y América Latina. Casi al mismo tiempo que se establecía el capitalismo en Europa, México comerciaba –lo hizo por dos siglos y medio- con el Lejano Oriente a través del Galeón de Manila.

Acotados el mercado interno y el comercio exterior, México tiene varias posibilidades para encaminar su política exterior. En primer lugar, apoyando y promoviendo el multilateralismo. Si la civilización humana ha de sobrevivir, será mediante la adopción de un tejido de acuerdos, convenciones y arreglos sobre una infinidad de materias. Recordemos que la labor de México en el sistema multilateral ha sido siempre más que menos exitosa. México obtiene respeto con una actitud independiente y firme. Lo muestra la historia.

LA LUCHA POR LA PAZ Y EL DESARME MUNDIAL EN PRIMER LUGAR.

La paz es premisa de nuestra proyección en el exterior. No olvidemos que el mundo vive bajo el riesgo nuclear. México debe trabajar a favor del Tratado para la prohibición de armas nucleares. El rompimiento de Estados Unidos del acuerdo nuclear con Irán significa un retroceso peligroso en el camino de la paz, y no lo es menos el zigzagueo que mantiene con Corea del Norte.

La migración es un asunto que nos envuelve por el norte y por el sur. México debe abanderar el Pacto Global para la Migración en el exterior, y en lo interno asumir la responsabilidad de ir conteniendo la mano de obra mexicana que emigra hacia Estados Unidos. De la proveniente del sur, tener presente que la imagen de nuestro país, nuestra autoridad moral en Centroamérica es y será el reflejo de lo que hagamos con sus migrantes.

Los derechos humanos (su tendencia a ser tratados no como asunto interno sino de naturaleza internacional), son materias en las que podemos aportar bastante. Lo mismo que en materia ambiental. Y TLCAN aparte, habrá que decidir qué le conviene a México en materia de narcotráfico, qué con los indocumentados, con el crimen en general, organizado o no,  etcétera. Sobre todo, México no debe olvidar que las grandes potencias actúan como grandes potencias y por lo tanto no debe esperar ningún gesto de buena voluntad de Estados Unidos.

LA / CDMX, mayo de 2018

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