II. AVENTURAS PROTOCOLARIAS

Uno de los cargos más interesantes y formativos, además de demandantes, que desempeñé durante mi carrera en el Servicio Exterior Mexicano, fue el de director general de Protocolo (2009-2012).

En un anterior artículo, compartí con los lectores de la revista de la ADE que, estando comisionado en nuestra Embajada en Canadá, en 1992, me vi obligado – por consideraciones personales de tipo familiar –, a rechazar un honroso ofrecimiento que me hizo el Canciller Fernando Solana para fungir como jefe de Protocolo.

Lejos estaba yo de imaginarme que, casi dos décadas después, llegaría a ocupar dicha posición por invitación expresa del Presidente Felipe Calderón (FCH) previa recomendación de la Canciller Patricia Espinosa. Guardo un recuerdo imborrable del momento en que, de manera totalmente inesperada, ella me planteó esa posibilidad, a principios de noviembre de 2008, al término de un almuerzo oficial por el 80 aniversario de Carlos Fuentes, celebrado en el Alcázar del Castillo de Chapultepec, al que mi esposa y yo asistimos como invitados especiales de nuestro admirado y añorado amigo homenajeado.

En retrospectiva, no deja de ser una sorprendente coincidencia el contexto en el que se me ofreció dicho puesto, habida cuenta que mi padre había colaborado con Don Rafael Fuentes, padre del ilustre escritor, como su adjunto y, posteriormente, lo había reemplazado como titular de la entonces dirección general del Ceremonial de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) en los años 50 del siglo pasado.

Antes de iniciar el relato anecdótico de lo que he titulado como “aventuras protocolarias”, me parece importante hacer una serie de consideraciones generales sobre lo que se conoce como Protocolo: sus orígenes históricos, su definición, sus diferentes tipos, así como su relevancia y utilidad en nuestros días, no sólo en el ámbito diplomático, sino también en nuestra vida cotidiana, ya sea profesional o social.

Protocolo: ¿qué es y para qué nos sirve?

A lo largo de los tres años de mi gestión, pude percatarme de la importancia estratégica del Protocolo y de la meritoria labor del personal que presta sus servicios en esa dirección general. Lo dice, con admiración, alguien que, a pesar de que estuvo vinculado con cuestiones protocolarias tanto por mi antecedente familiar, como en diversos momentos de mi carrera diplomática, hasta entonces no había valorado en toda su magnitud el nivel de responsabilidad, así como la dedicación que exige el Protocolo a quienes ejercen esa función institucional tan relevante, pero a veces poco comprendida.

En efecto, son pocas las personas que conocen a profundidad la esencia del Protocolo y su razón de ser. Muchos lo consideran anacrónico, acartonado, frívolo, ajeno a la vida cotidiana, cuando en la realidad, bien entendido y aplicado, es todo lo contrario. Tiene tal relevancia que muchas veces el éxito o fracaso de una reunión o de una negociación dependen de que se cumplan ciertas formalidades. El seguir disposiciones protocolarias no implica hacer más rígidas las relaciones entre individuos sino, más bien, crear un ambiente de organización, disciplina, educación y buenos modales, valores que se han ido perdiendo en la actualidad, pero que resultan más necesarios que nunca para una convivencia respetuosa y armónica en la sociedad contemporánea.

El Protocolo ha sido y sigue siendo un instrumento muy valioso para organizar de la mejor manera un evento; para contribuir a crear un entorno propicio y estimulante para una negociación o la realización de un negocio; y, en última instancia, para apoyarnos a proyectar positivamente nuestra propia imagen, así como la de la institución a la que representamos. Asimismo, ayuda a evitar herir susceptibilidades u ofender a nuestras contrapartes, por no observar ciertas reglas básicas o no tener conocimiento de sus diferentes costumbres, tradiciones o, incluso, religiones.

Parafraseando a un destacado intelectual y político mexicano de la segunda mitad del siglo XX, Don Jesús Reyes Heroles: “la forma es fondo”, dicho repleto de sabiduría aplicable a cualquier ámbito de nuestra vida cotidiana, procurando un equilibrio y una complementación entre ambos.

Origen histórico del Protocolo

El término Protocolo proviene del griego antiguo: protokollen (protos: el primero; kollen: pegamento) y originalmente se refería a una hoja de papel pegada al anverso de un documento para darle autenticidad.

Como guía para la conducta en sociedad, el Protocolo ha sido parte de la vida del ser humano prácticamente desde sus orígenes. Encontramos vestigios arqueológicos y testimonios documentales en civilizaciones de la Antigüedad como Babilonia, Egipto, Persia, Grecia, Roma, entre otras.

Fue evolucionando a través de los siglos, especialmente en las cortes monárquicas europeas, pero también en otras regiones del mundo. Sin embargo, no fue sino hasta el siglo XX que la comunidad internacional se abocó a la tarea de codificar disposiciones y costumbres protocolarias dispersas, que quedaron consignadas en la Convención de la ONU sobre Relaciones Diplomáticas, mejor conocida como la Convención de Viena, adoptada en1961.

Retomando el origen etimológico del término Protocolo, puede afirmarse que es el “pegamento” que sostiene la convivencia en sociedad.

Definición clásica y conceptos afines

El Protocolo se define como el conjunto de normas y disposiciones vigentes que, junto con los usos, costumbres y tradiciones de los pueblos, rigen la celebración de actos oficiales y, en determinadas ocasiones, también la realización de actividades de carácter privado.

Existen otros conceptos afines al de Protocolo que, estando relacionados entre sí, no son idénticos, a saber: el Ceremonial y la Etiqueta, y que conviene diferenciar. El Protocolo diseña el entorno y determina las formas para la realización de actos de relevancia en la sociedad; el Ceremonial es el conjunto de símbolos y formalidades que rodean a un acto protocolario; y la Etiqueta representa la expresión plástica del comportamiento humano, como la educación y los buenos modales, la forma de saludar y dirigirse a una persona, o el código de vestimenta.

Protocolo, Ceremonial y Etiqueta son formas de comunicación oral y expresión visual que constituyen una valiosa herramienta para la proyección de la imagen de las instituciones y de las personas. Sus disposiciones, si bien algunas son de aplicación universal, pueden variar de país a país de acuerdo a su historia, cultura, tradiciones o religión.

En suma, son conceptos que se basan en el respeto, la cortesía y la reciprocidad en el trato, que se han ido adecuando a las necesidades y circunstancias de cada época y que, en general, pueden aplicarse a todo tipo de actividad de interacción de la sociedad.

Tipos de Protocolo

Existen diversas clasificaciones de tipos de Protocolo, de las cuales, para efectos de este artículo, la que atiende a su ámbito de aplicación, podría considerarse la más relevante.

Esta clasificación distingue entre los protocolos de Estado, diplomático, militar, religioso, empresarial y social, por mencionar los más importantes. En incontables ocasiones durante mi gestión, fui testigo de la frecuente interacción que se puede dar entre estos diferentes tipos de Protocolo, en particular el de Estado con el diplomático, pero también con los demás.

A guisa de ejemplo, mencionaría las veces que tuve que interactuar con el protocolo empresarial en ocasión de eventos con una preponderante participación de hombres y mujeres de negocios, como fue el caso de las reuniones del Foro Económico Mundial (WEF) en Davos. En total, me tocó participar en siete de esos encuentros en los que confluyen jefes de Estado/Gobierno y altas autoridades gubernamentales y de organismos internacionales con líderes empresariales, además de representantes de medios, académicos, científicos y ONG. A tres de esos encuentros asistí como jefe de Protocolo – con sus múltiples misiones de avanzadas preparatorias – y a cuatro como embajador en Suiza. ¡Todo un récord en el Servicio Exterior Mexicano!

O las dos ocasiones en que me tocó colaborar con el Protocolo de la Santa Sede, con una vasta experiencia de siglos en estos menesteres. La primera, en ocasión de la solemne ceremonia de beatificación del Papa Juan Pablo II, en 2011, en la Plaza de San Pedro en el Vaticano, a la que fue invitado el Presidente de México; y la segunda, con motivo de la visita oficial/pastoral del Papa Benedicto XVI al estado de Guanajuato, en 2012, una de mis últimas actividades como titular de Protocolo.

AVENTURAS PROTOCOLARIAS

Mi periodo al frente del Protocolo de la Nación – en México existe un solo Protocolo, a diferencia de otros países que cuentan con un Protocolo de la jefatura de Estado y otro del ministerio de Asuntos Exteriores –, rebasó todas mis expectativas y me dejó experiencias y aprendizajes invaluables en mi carrera diplomática. En especial, deseo reconocer el valioso apoyo que recibí del eficaz equipo de Protocolo, liderado por las ahora embajadoras María Teresa Mercado – en el área de Ceremonial – y Aureny Aguirre – en la de Misiones Extranjeras, así como, a la mitad de mi gestión, por sus respectivos sucesores, el ahora también embajador Miguel Malfavón y el ministro Miguel Ángel Padilla.

Desde el principio de mi encargo, recibí instrucciones expresas de la Secretaria Espinosa de no dejar absolutamente nada a la inercia sino de involucrarme a fondo en todos los detalles organizativos – por rutinarios que pudieran parecer – de las actividades internacionales del Presidente de la República.

Muy pronto entendí, en todas sus implicaciones, el alcance de esta instrucción al percatarme del nivel de exigencia y de entrega que se esperaba de mi parte para poder cumplir cabalmente con la responsabilidad que se me había conferido y así corresponder a la confianza que tanto el Primer Mandatario como la Canciller habían depositado en mí. Ello significó tener que participar personalmente en prácticamente todas las avanzadas preparatorias de las giras, en ocasiones más de una, además de adelantarme un par de días a cada visita presidencial.

Inusual inicio de funciones

Lo insólito de mi designación fue que, estando todavía en funciones como embajador de México en Alemania, en febrero de 2009, fui convocado expresamente a un encuentro privado con el Presidente Calderón, quien me entrevistó por espacio de más de media hora en su despacho en la entonces Residencia oficial de Los Pinos, antes de decidir en definitiva sobre mi nombramiento. Hasta donde tengo conocimiento, fue una de las pocas veces – si no es que la única – en que hubo una intervención presidencial tan directa para una designación de ese nivel.

Por cierto, desde ahí empezaron mis “aventuras” pues al volar de Berlín a la Ciudad de México mi equipaje quedó varado en Frankfurt, por lo que para asistir a mi cita presidencial cumpliendo con el código de vestimenta, tuve que recurrir al cambio de ropa que, afortunadamente, traía yo en mi maleta de mano.

Mi inicio virtual de funciones también fue inusitado dado que ocurrió incluso antes de tomar posesión formal del cargo cuando, encontrándome todavía acreditado en Berlín, se me comisionó para viajar a Londres para atender la visita de Estado del Primer Mandatario al Reino Unido a finales de marzo de 2009. Lo excepcional fue que las autoridades británicas permitieran mi participación, como jefe de Protocolo designado – al alimón con el todavía director general en funciones, mi amigo y colega, el embajador Francisco del Río – en prácticamente todas las actividades oficiales del programa, incluyendo la más restringida y codiciada: el banquete de Estado ofrecido por la Reina Isabel II en el Palacio de Buckingham, con vestimenta formal de frac y condecoraciones.

Una vez formalizado mi traslado de Alemania a México, hacia mediados de abril, continué colaborando conjuntamente con el embajador Del Río – quien se distinguió por su institucionalidad y compañerismo – en la atención de importantes eventos como la visita de Estado del Presidente Barack Obama, que incluyó una cena de gala en el patio central del Museo de Antropología e Historia con su majestuosa fuente del Paraguas; y la Cumbre de las Américas en Trinidad y Tobago, donde, por falta de infraestructura hotelera suficiente, tuve que hospedarme de última hora en una diminuta cabina de un barco de cruceros habilitado para alojar al overflow de delegados a dicha conferencia.

No fue sino hasta mayo que tomé formalmente posesión del cargo; por cierto, en plena contingencia del virus AH1N1. De hecho, mi “presentación en sociedad” ante el Cuerpo Diplomático acreditado en nuestro país fue un briefing sobre las acciones preventivas adoptadas por el gobierno federal en estrecha coordinación con las autoridades capitalinas, que se llevó a cabo en la sede de la SRE bajo estrictas medidas sanitarias, con cubrebocas, uso de gel antibacterial, y sin corbata.

Protocolo – pararrayos, apagafuegos o chivo expiatorio

Una observación interesante a lo largo de mi gestión fue percatarme de las diferentes percepciones que se tienen de la función del Protocolo, en general, y del rol del jefe de Protocolo, en particular.

El Protocolo debe ser, como anteriormente solía decirse en México respecto de la Secretaría de Gobernación, una instancia a la que no se le vea, pero se le sienta. Y, en efecto, la mayoría de las veces, la función protocolaria ocurre de manera discreta, tras bambalinas; sin esperar reconocimiento alguno cuando las cosas salen bien, pero cuando surgen problemas imprevistos, entonces el Protocolo se convierte en un engendro entre pararrayos, apagafuegos y chivo expiatorio.

Mi experiencia de tres intensos años fue sumamente interesante y formativa, sin dejar de tener sus momentos difíciles o ingratos, como cuando, sin vela en el entierro, debíamos asumir responsabilidades fuera de nuestro alcance y control, o cuando se trataba de poner orden – como capataz – en el cumplimiento de los tiempos asignados en un programa oficial o velar por que se respetara la precedencia jerárquica en un evento protocolario, afectando muchas veces los egos y vanidades de las personas involucradas.

Una de las descripciones más gráficas de la imagen que se tiene de la labor de un jefe de Protocolo se la escuché al Presidente de Uruguay, Tabaré Vázquez, en una visita a Montevideo. Cuando mi homólogo uruguayo y yo nos armamos de valor para entrar al salón donde estaban reunidos los mandatarios para interrumpirlos e indicarles que se había agotado el tiempo asignado a su conversación y que debían alistarse para la siguiente actividad contemplada en el programa, Vázquez le preguntó a Calderón: “Felipe, ¿sabes cuál es la diferencia entre un jefe de Protocolo y un terrorista? … Que con un terrorista se puede negociar.”

Intensidad de la función protocolaria

Una de las mayores sorpresas que me llevé en Protocolo – más allá de lo que me imaginaba – fue experimentar en carne propia la intensidad de la gestión y la entrega que exige, con el desgaste correspondiente, principalmente en cuanto a viajes al exterior, pero también compromisos oficiales en nuestro país.

Entre las comisiones que me tocó atender, que fueron muy variadas, figuraron visitas a México de jefes de Estado/Gobierno extranjeros de varias regiones del mundo; visitas del Presidente de la República a países de cuatro continentes (con excepción de Oceanía) y su asistencia a tomas de posesión de mandatarios latinoamericanos; su activa participación en foros multilaterales y regionales como la ONU, G20, APEC, COP, WEF, OEA, Cumbre de las Américas, Cumbre Iberoamericana, Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), Alianza del Pacífico, ALADI, CARICOM, Cumbre de Seguridad Nuclear, Asamblea de la Unión Africana, entre otros.

Fueron tantas las vivencias que tuve, con su combinación de estimulantes experiencias y estresantes situaciones, que sería imposible relatar todas y cada una de ellas, por lo que me limitaré a algunas de las anécdotas más ejemplificativas de lo multifacético de la función protocolaria.

La región que más visité fue, por mucho, América Latina y el Caribe, lo cual, dada la concentración de mi trayectoria previa en países de Europa y América del Norte, fue una muy enriquecedora aportación a la diversificación de mi carrera diplomática.

Mi “bautizo de fuego”, de manera repentina, fue una reunión de emergencia de mandatarios latinoamericanos a raíz del golpe de Estado que depuso al Presidente Manuel Zelaya en Honduras el 28 de junio de 2009. La tarde de ese día, me encontraba con mi esposa disfrutando de un fin de semana largo en la Riviera Maya con motivo de mi cumpleaños, cuando recibí una llamada urgente del Estado Mayor Presidencial (EMP) convocándome a volar la mañana siguiente – el mero día de mi festejo – en el avión presidencial a Managua, sede del mencionado encuentro.

Suspendí mi mini vacación para coordinar de última hora los detalles de la participación mexicana en un evento que resultó verdaderamente caótico desde el punto de vista de su (des)organización logística y protocolaria. Al final de cuentas, terminé celebrando mi cumpleaños, tras una agitada y azarosa jornada de trabajo en la capital nicaragüense, brindando con los miembros de nuestra delegación en el vuelo de regreso a México. Ahí aprendí una invaluable lección para el resto de mi gestión: en Protocolo, nada es seguro y todo puede suceder, por lo que más vale estar preparado, como auténtico “bombero”, hasta para lo más inverosímil.

La cumbre en la que se creó la CELAC, celebrada en la Riviera Maya en febrero de 2010, fue una verdadera montaña rusa de emociones. En Protocolo, uno de los mayores dolores de cabeza suele ser el manejo puntual de los tiempos de un programa y el tema de las precedencias jerárquicas. En esa cumbre, teníamos los tiempos perfectamente calculados, así como el orden de precedencia de los arribos de los mandatarios para efectos del saludo oficial por parte del anfitrión y su esposa a la entrada al recinto de la conferencia.

Tan sólo unos minutos antes de la hora prevista para iniciar la “procesión” de convoyes en estricto orden protocolario, nos enteramos que algunos de los mandatarios del grupo ALBA (Bolivia, Cuba, Ecuador, Nicaragua y Venezuela), seguían reunidos en un desayuno de coordinación y que, por lo tanto, no se podrían mantener los horarios programados. Esta noticia, aparentemente inocua, nos cayó como balde de agua helada, obligándonos a cambiar el orden de llegada de los demás presidentes, previamente acordado con sus equipos, lo cual provocó justificada molestia entre los afectados, por lo que consideraron como una falta de cortesía protocolaria.

Finalmente, nos comunicaron que el desayuno albista había concluido y que ya venían en camino los mandatarios en sus respectivos convoyes. Era tal el desorden que ocasionaron que, cuando FCH me preguntaba en qué orden arribarían para el saludo, lo único que podía yo ofrecerle como respuesta era encoger los hombros y levantar la mirada al cielo.

Uno de los primeros en llegar fue nadie menos que el Comandante Hugo Chávez de Venezuela. Lo recibí al pie de su vehículo y le pedí que me acompañara hacia donde lo esperaban sus anfitriones mexicanos. En el breve trayecto, de escasos 10 metros, Chávez me dijo sotto voce: “¡oye, rápido, recuérdame el nombre de la esposa de tu presidente!”. Apenas alcancé a decírselo, cuando de su ronco pecho salió, con gran naturalidad, un entusiasta: “Margarita, encantado, tan guapa como siempre”. ¡Impresionante su capacidad de improvisación!

Un incidente memorable fue cuando al calor de una intensa discusión política durante el almuerzo, se caldearon a tal grado los ánimos entre los presidentes Uribe de Colombia y Chávez de Venezuela, que poco faltó para que se armara un auténtico zafarrancho, mismo que pudo ser evitado gracias a la oportuna intervención del anfitrión apoyado decididamente por el mandatario cubano Raúl Castro, a quien – para aligerar la tensión – se le apodó elogiosamente como el “pacificador de América Latina”.

Otra anécdota tuvo como protagonista a la entonces Presidenta de Argentina, Cristina Fernández. Se suscitó cuando un funcionario del Protocolo argentino se acercó a una de mis colaboradoras para informarnos que su presidenta no podría asistir a la “comida” y que en su representación había designado a su ministro de Relaciones Exteriores. Sin más, procedimos a retirar el lugar asignado a la mandataria – por estricta precedencia protocolaria – y colocar otro asiento para su canciller en una de las esquinas de la mesa. Cuál fue nuestra sorpresa cuando – con su habitual retraso – Doña Cristina hizo su entrada al salón obligando a sus colegas comensales a cederle caballerosamente un sitio cerca del anfitrión; por cierto, un lugar bastante mejor ubicado del que le hubiese correspondido originalmente.

Al averiguar lo que había ocurrido, resultó que lo que el funcionario argentino realmente había querido decir era que su presidenta no asistiría a la cena, a la que en Argentina – al igual que en otros países sudamericanos – le llaman comida. Al concluir el almuerzo, FCH, visiblemente molesto por lo que parecía haber sido un error del Protocolo mexicano, me mandó buscar, seguramente para llamarme la atención, pero cuando me adelanté a explicarle lo que había ocasionado ese aparente faux pas, se rio de buena gana. No obstante, me instruyó a ofrecerle una disculpa a la señora Fernández, quien también tomó mi aclaración con buen sentido del humor. Un vivo ejemplo de cómo el idioma español une y hermana a los pueblos hispanoparlantes, pero, en ocasiones, también puede ocasionar penosos malentendidos y confusiones.

Una excepción a la regla protocolaria de que una visita de Estado debe iniciarse y desarrollarse formalmente en la capital del país, fue la realizada por el Presidente de Uruguay, Don José (“Pepe”) Mujica. Ante la imposibilidad del comprometido luchador social de acudir a la Ciudad de México, por precaución médica debido a la altura, pero con la voluntad política de otorgarle el carácter de visita de Estado, el Presidente Calderón nos instruyó para diseñar y poner en práctica los elementos esenciales del programa (ceremonia oficial de bienvenida con himnos nacionales y honores militares, conversaciones políticas, mensaje a medios y almuerzo oficial) en el Hospicio Cabañas de Guadalajara. Con el eficaz apoyo del EMP, se logró darle a esta singular visita de Estado una connotación decorosa y emotiva, caracterizada por la sencillez y sobriedad tan distintivas del ilustre huésped de honor. Fue una muestra fehaciente de que, en materia de Protocolo, cuando las circunstancias lo ameritan, pueden aplicarse criterios flexibles, manteniendo la solemnidad y dignidad de los actos, si bien a los “puristas” este tipo de manejo pudiera parecerles poco ortodoxo.

Una simpática situación se dio en una de mis avanzadas preparatorias a Guatemala. Al aterrizar en helicóptero en una pequeña localidad limítrofe con México, proveniente de una instalación eléctrica en otro punto fronterizo, un grupo de pobladores me recibió de manera por demás efusiva. Descubrimos que su entusiasmo no se debía a la visita del jefe de Protocolo mexicano sino porque me confundieron con un alto directivo del Instituto Nacional de Electrificación guatemalteco – por portar una gorra con su logotipo que me habían obsequiado en la anterior escala – y pensaban que les traía la tan anhelada luz.

En una de las múltiples visitas del Primer Mandatario a Washington, ocurrió un penoso incidente que, si bien no fue responsabilidad de Protocolo, no dejó de ser una nota discordante en el desarrollo del programa. En la ceremonia oficial de bienvenida en los jardines de la Casa Blanca, frente al Presidente Barack Obama y un selecto grupo de miembros de ambas comitivas e invitados especiales de alto nivel, FCH pronunció un contundente discurso, en español, con importantes pronunciamientos políticos en materia de protección de los derechos humanos de los migrantes mexicanos y del control del tráfico de armas en la frontera entre ambos países. Para asombro de quienes lo presenciamos, en la interpretación consecutiva al inglés se escuchó apenas una mínima parte de lo expresado en el discurso. Por un lado, debido a problemas técnicos con el sonido en la cabina de interpretación; por otro, agravando aún más la situación, por no contar nuestro intérprete – un experimentado y competente profesional – con el texto impreso, por un exagerado prurito de confidencialidad para evitar filtraciones prematuras. Fue una amarga lección que afortunadamente sirvió para evitar este tipo de contratiempos en visitas subsecuentes.

En otra ocasión, en una visita a Canadá, en cuya avanzada preparatoria yo no había podido participar personalmente por otro importante compromiso oficial en México, se suscitó un incidente provocado por un malentendido entre el EMP y nuestra embajada en Ottawa. Sin mayor consulta, se declinó el ofrecimiento del gobierno canadiense para alojar al Presidente y su esposa, con un reducido número de integrantes de su comitiva, en la Casa de Huéspedes Oficiales ubicada cerca de la Residencia de la Gobernadora General de Canadá. En un cordial encuentro de despedida al finalizar la visita, la Gobernadora Michaëlle Jean le preguntó a FCH por qué no había aceptado hospedarse en dicha Casa. Se podrán imaginar la turbulencia que se generó ya que él no estaba enterado del ofrecimiento canadiense y, mucho menos, de la declinación mexicana. Sin deberla ni temerla, el chivo expiatorio de tan bochornosa confusión acabó siendo Protocolo en la persona del autor de este relato.

Muy emotiva para mí fue la visita de Estado a Japón, en febrero de 2010, por diversas razones. Primeramente, porque mi padre fungió como embajador en ese fascinante país a mediados del siglo pasado y le correspondió participar en el diseño y la construcción de nuestra misión diplomática en Tokio, donde se llevaron a cabo varias actividades privadas de la visita presidencial; asimismo, porque me dio la oportunidad de interactuar con el Protocolo de la Casa Imperial y volver a ver al entonces Emperador Akihito, quien me había hecho el honor de recibirme en una audiencia privada, en su calidad de Príncipe Heredero, como parte del programa de un viaje de estudios para “Jóvenes Líderes Latinoamericanos” al que fui invitado por el gobierno japonés en 1982.

Otra visita con una connotación especial para mí fue la realizada a Alemania en mayo de 2010, un año después de haber concluido mi misión como embajador en ese país. Regresar a Berlín, maravillosa ciudad donde pasé seis años de mi carrera diplomática, me permitió reencontrarme con distinguidas personalidades como la Canciller Federal Angela Merkel y el anterior ministro de Exteriores y ahora Presidente Federal, Frank-Walter Steinmeier. Asimismo, para mi gran satisfacción, pude ver concretados dos relevantes proyectos culturales que había dejado encaminados durante mi gestión: las magnas exposiciones de Teotihuacán y de Frida Kahlo, que fueron presentadas simultáneamente en el museo Martin Gropius Bau e inauguradas por FCH, circunstancialmente en presencia de otros dos embajadores de México en Alemania: mi predecesora, Patricia Espinosa, y mi sucesor, Francisco González Díaz.

Ese mismo año, en un viaje relámpago a Uganda para promover ante la Asamblea de la Unión Africana (UA) los acuerdos que se esperaba alcanzar en la reunión de la COP16 en Cancún, pasamos más tiempo en el aire, volando de ida y vuelta, que en tierra en Kampala. Inesperadamente, se me encomendó la nada envidiable misión especial de, literalmente, torearme al séquito del polémico líder libio Muamar Gadafi, quien insistía en invitar a FCH a sostener un encuentro bilateral en su tradicional tienda de campaña instalada en los jardines del recinto de la cumbre. Haciendo gala de “mano izquierda” diplomática, logré que desistieran de su pretensión y se conformaran con un fugaz saludo en los pasillos de la conferencia.

En total, tuve el privilegio de asistir a tres reuniones de líderes de APEC (Singapur, 2009; Yokohama, 2010; y Honolulu, 2011). La celebrada en Hawái coincidió con el trágico accidente de helicóptero en el que falleció el Secretario de Gobernación, Francisco Blake, obligando al Presidente Calderón a cancelar de última hora su participación en dicho encuentro. Nos vimos en la penosa necesidad de gestionar con los organizadores estadounidenses que permitieran a la Canciller Espinosa y al Secretario de Economía, Bruno Ferrari – quienes habían viajado por adelantado para reuniones ministeriales preparatorias – reemplazar a nuestro Primer Mandatario en las actividades restringidas exclusivamente a jefes de Estado o Gobierno, a lo cual accedieron solidariamente.

En varias ocasiones se me dio la encomienda de fungir como maestro de ceremonias en eventos de diversa índole como, entre otros, conferencias de prensa del Presidente y anuncios públicos de importantes inversiones de empresas extranjeras en México, en el marco de la reunión anual del WEF en Davos; o en la cena de gala del Bicentenario de la Independencia, en el Castillo de Chapultepec, para explicarle a los comensales extranjeros las delicias gastronómicas mexicanas del menú.

A propósito del Bicentenario, Protocolo fue el encargado de coordinar la elaboración de un amplio programa para invitados especiales del exterior, mismo que incluyó, entre otras actividades, una visita guiada al Museo de Antropología e Historia, seguida de un almuerzo en sus jardines; la mencionada cena de gala en el majestuoso escenario del Castillo de Chapultepec; su asistencia a la ceremonia del Grito de Independencia desde los balcones de Palacio Nacional, así como al desfile militar del 16 de septiembre. Entre los invitados internacionales se encontraba la legendaria gimnasta checa, Vera Caslavska, la “reina” de las Olimpiadas de1968, quien, visiblemente conmovida, me dio un efusivo abrazo al identificarme como el hijo de aquel antiguo embajador en Praga que le había facilitado discos de música mexicana para las espectaculares rutinas con las que conquistó no sólo tres medallas de oro y una de plata sino también los corazones de sus admiradores.

Deliberadamente dejé hasta el final de este rubro la vez que me correspondió, en mi calidad de organizador del viaje oficial del Cuerpo Diplomático a Chiapas, la para mí ingrata y bochornosa tarea- por ser un pésimo bailarín–de abrir pista frente a los embajadores y otros invitados, al término de una cena ofrecida por la Canciller y el Gobernador de ese maravilloso estado de la República. En fin, vicisitudes del multifacético oficio protocolario …

Honores a la Bandera Nacional

El formato tradicional de las ceremonias de bienvenida en visitas de jefes de Estado/Gobierno extranjeros a México, donde confluyen elementos del protocolo de Estado con los del protocolo militar, contempla la entonación de los himnos nacionales, los discursos de los mandatarios, la presentación de sus comitivas, así como pasar revista a las tropas de honor del distinguido visitante, que incluye una reverencia ante nuestro lábaro patrio.

Unos días antes del inicio de una visita de Estado de la Presidenta Cristina Fernández, que había sido reprogramada después de haber sido cancelada un mes antes por motivos de salud, recibí una solicitud del Protocolo argentino de reducir lo más posible la duración de la ceremonia ante la imposibilidad de la mandataria – por estricta prescripción médica – de permanecer mucho tiempo de pie y realizar movimientos extenuantes. Previa consulta con las instancias competentes del lado mexicano (oficina de la Canciller, Presidencia y EMP), se acordó atender favorablemente la petición argentina, manteniendo los himnos nacionales y los discursos de bienvenida, pero suprimiendo la presentación de las comitivas y la revista a las tropas de honor.

Desafortunadamente, por una falla de comunicación interna, el único en no estar informado previamente de estos cambios fue FCH, quien ponía gran énfasis en el cumplimiento de este tipo de formalidades protocolarias, y aún más tratándose de rendir honores a nuestros símbolos patrios. Su disgusto fue notorio cuando el maestro de ceremonias dio por concluido el acto después de los himnos y los discursos. Por razones obvias, el destinatario del severo regaño presidencial fui yo como jefe de Protocolo pese a mi infructuoso intento de justificación de que el recorte se había debido a una petición expresa de la parte argentina por motivos de salud de su presidenta, quien, para colmo de mis males, lucía rozagante ese día. Fue, sin duda, uno de los momentos más tensos por los que atravesé en mi gestión.

En contraste con esta desagradable experiencia, en otras dos ocasiones tuve el privilegio de ser testigo presencial de actos sumamente emotivos relacionados con nuestra bandera:

El primero ocurrió en la pintoresca población de Santillana del Mar, Cantabria, en una vistosa ceremonia – cuyo formato lo diseñamos Protocolo y el EMP en apoyo a las autoridades españolas – en la que los presidentes Calderón y Rodríguez Zapatero intercambiaron dos banderas del siglo XIX requisitadas por los ejércitos de ambos países durante las batallas de la Guerra de Independencia. La enseña mexicana había permanecido en el Museo del Ejército en España y nos fue devuelta en un gesto de fraterna amistad como parte de la conmemoración del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución.

El segundo, aún más emotivo, tuvo lugar en Ixcán, en plena selva de Guatemala limítrofe con México, en una inolvidable ceremonia en la que la bandera mexicana fue condecorada con la Orden del Quetzal en grado de Gran Cruz, en agradecimiento por el generoso refugio brindado por nuestra nación a familias guatemaltecas – algunas de las cuales estuvieron presentes en el evento – durante el conflicto armado en ese país. Fue realmente un acto muy conmovedor por su digna sencillez, cargada de emotividad.

Orden Mexicana del Águila Azteca (OMAA)

Una de las principales atribuciones del director general de Protocolo es fungir ex officio como secretario del Consejo de la OMAA. En tal función, me tocó participar en numerosos intercambios y entregas de condecoraciones, así como plantear una relevante reforma a la Ley de Premios, Estímulos y Recompensas Civiles.

Dicha enmienda consistió en introducir un grado intermedio entre el Collar -reservado exclusivamente a jefes de Estado- y la Banda -otorgada a ministros y embajadores- que pudiera ser conferido a jefes de Gobierno, príncipes herederos y equivalentes, es decir personalidades de menor jerarquía que un jefe de Estado, pero de rango superior al ministerial. Se le denominó “Banda en Categoría Especial” y, para orgullo de quienes participamos en dicha iniciativa –en especial, mi colaborador David Olvera, un brillante estudioso de la historia diplomática de México- se ha venido otorgando satisfactoriamente desde su adopción en 2011.

Durante mi gestión, me correspondió coordinar múltiples intercambios de condecoraciones con motivo de visitas de Estado del Presidente de la República al exterior o, mayoritariamente, de visitas de jefes de Estado o Gobierno extranjeros a México, así como en ocasión de eventos conmemorativos especiales, tales como el Bicentenario de la Independencia en 2010.

Mi primera noción de la existencia de la OMAA fue de niño a través de los relatos que hacía mi padre de su época como jefe de Protocolo. A lo largo de mi carrera, antes de ser embajador, me tocó coadyuvar en varios otorgamientos del Águila Azteca a personalidades distinguidas de diversos países. Sin embargo, la primera condecoración que, ya como jefe de misión, gestioné e impuse personalmente fue al gran futbolista Franz Beckenbauer, uno de los “héroes” del Mundial México 70, buen amigo de nuestro país y, además, fan del mariachi y las margaritas. Se llevó a cabo al término de la Copa del Mundo Alemania 2006, de cuyo comité organizador el “Kaiser” fue presidente honorario, en una memorable ceremonia efectuada en la espectacular sede de nuestra embajada en Berlín, amenizada por un grupo de música mexicana y, por supuesto, con margaritas y antojitos típicos.

Recién inaugurado como jefe de Protocolo, en mayo de 2009, en plena contingencia del virus AH1N1, tuve mi estreno en materia de condecoraciones de la manera más peculiar. Se trató de la presea en grado de Banda que la Canciller Espinosa deseaba entregar a su homóloga de El Salvador, Marisol Argueta, al término de su gestión ministerial y antes del inicio de su nueva misión como directora para América Latina del Foro Económico Mundial (WEF). Siendo la primera vez que me tocaba apoyar a colocar la Banda de la condecoración, le pedí al funcionario encargado en Protocolo que ensayáramos el procedimiento en mi oficina cuando, de repente, empezó a temblar y fuimos evacuados a la Alameda. Tras múltiples gestiones, finalmente se me autorizó a regresar a mi despacho para recoger la Banda y llevarla al piso 20 donde aguardaban las dos cancilleres, a duras penas repuestas del susto del sismo, para llevar a cabo la ceremonia de condecoración.

Años más tarde, fungiendo yo como embajador en Suiza, cada vez que me encontraba con la señora Argueta con motivo de los preparativos de las reuniones anuales del WEF en Davos, nos divertíamos haciendo reminiscencias de tan azarosa aventura.

Otras significativas entregas que me correspondió coordinar fueron en ocasión de la conmemoración del Bicentenario de nuestra Independencia en septiembre de 2010, cuando FCH condecoró a un selecto grupo de personalidades, integrado por la Premio Nobel de la Paz guatemalteca, Rigoberta Menchú, el Premio Nobel de Literatura francés, Jean-Marie Gustave Le Clezio, y el connotado filántropo estadounidense, William Austin, en una sobria ceremonia realizada en la Residencia oficial de Los Pinos.

Igual de memorables para mí resultaron las condecoraciones impuestas al ilustre escritor peruano y Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, en el marco de un almuerzo en el Alcázar del Castillo de Chapultepec, y al popular cantautor y poeta español/catalán, Joan Manuel Serrat, en una recepción en la sede de la Embajada de México en Madrid.

La condecoración que tristemente tuvimos que cancelar de última hora, y que hubiese sido una de las experiencias más significativas de mi gestión en Protocolo, fue la del legendario estadista sudafricano Nelson Mandela. En junio de 2010, FCH decidió aceptar la invitación del Presidente Jacob Zuma y de la FIFA para asistir al juego inaugural de la Copa del Mundo – México vs Sudáfrica – en Johannesburgo (que, por cierto, terminó en un “diplomático” empate a un gol). Con la urgencia y premura del caso, preparamos toda la documentación necesaria y acordamos que la imposición de la condecoración se llevara a cabo inmediatamente antes de la apertura del Mundial en la suite del palco de honor del estadio. Todo apuntaba a un acto breve, pero íntimo y emotivo, para honrar a una de las figuras políticas más emblemáticas del siglo XX. Sin embargo, en la madrugada del día del partido, la biznieta adolescente de Mandela, Zenani, perdió la vida en un trágico accidente automovilístico obligando a cancelar la asistencia del gran Madiba a la inauguración y, por consiguiente, también a nuestra ceremonia de condecoración. ¡Una dolorosísima tragedia para la familia Mandela y un enorme desencanto para mí al perderme el privilegio de conocer personalmente a uno de mis máximos ídolos políticos!

Cuando asumí la titularidad de Protocolo no faltó quien me vaticinara que me iba a “saturar” de condecoraciones extranjeras ya que – por lo menos en la percepción desde fuera – el jefe de Protocolo siempre formaba parte del selecto número de funcionarios que invariablemente eran incluidos en los intercambios de condecoraciones que regularmente se efectuaban con motivo de visitas de Estado. Para mi decepción, en los tres largos años de mi gestión, me tocó –eso sí, a mucha honra – una sola condecoración: la de la Orden de Orange del Reino de los Países Bajos, en ocasión de la visita de Estado realizada por la entonces Reina Beatrix, acompañada por el Príncipe Heredero Willem-Alexander y su esposa, la Princesa Máxima.

Por cierto, fue una visita de una gran cordialidad, en la que se produjo una célebre anécdota en un evento de promoción de negocios, cuando el ahora Rey de Holanda finalizó su discurso exhortando a los empresarios a aprovechar las oportunidades en materia de comercio e inversiones entre ambos países, rematando con el proverbio popular mexicano – cambiando del inglés al español – “camarón que se duerme, se lo lleva la …”, pero, para asombro de los presentes, en lugar de “corriente”, dijo el nombre de un hoy muy famoso rancho ubicado en Tabasco. Tras unos segundos de silencio, el auditorio entero estalló en una carcajada seguida de una fuerte ovación. Quedó la duda de si el lapsus real había sido deliberado o producto de un error de traducción de su discurso; el hecho es que fue la nota de color que le dio a la visita un tono aún más humano y simpático.

Cartas Credenciales de Embajadores

Otra de las funciones prioritarias de la dirección general de Protocolo es la acreditación de diplomáticos extranjeros y, destacadamente, la organización de las ceremonias de presentación de Cartas Credenciales de embajadores al Presidente de la República.

Previamente, lo más pronto posible después de su arribo oficial a nuestro país, solía yo convocarlos para recibirles las copias de sus cartas en el salón de Protocolo de la Cancillería. En ese acto, les daba la bienvenida deseándoles una grata estancia y una fructífera misión, además de otorgarles el “visto bueno” para iniciar contactos con sus homólogos del Cuerpo Diplomático y funcionarios gubernamentales, con excepción de autoridades del más alto nivel político de los tres poderes y niveles, hasta no presentarle formalmente sus credenciales a nuestro Primer Mandatario.

Un caso sui generis fue el del embajador de los Estados Unidos, Carlos Pascual, quien arribó directamente a Guadalajara a bordo del avión del Presidente Obama con motivo de la cumbre de líderes de América del Norte en 2009. De inmediato, le recibí sus copias en el Hospicio Cabañas, sede de dicho evento, a fin de que pudiera integrarse formalmente a su delegación y participar tanto en los encuentros bilaterales como en las sesiones plenarias de la cumbre. Menos de dos años después, Pascual concluiría su efímera misión diplomática en nuestro país en medio de la polémica generada por la filtración de sus informes confidenciales en Wikileaks.

En otras ocasiones excepcionales, también me tocó recibir copias fuera de la capital, como fue el caso de varios embajadores concurrentes para que estuvieran en posibilidad de acompañar a sus delegaciones oficiales en la COP16, celebrada en Cancún en diciembre de 2010.

A propósito de ese magno evento en materia de cambio climático, no puedo omitir relatar mi accidentada vivencia cuando en el vuelo de regreso a Cancún, proveniente de la Cumbre Iberoamericana celebrada en Mar del Plata, Argentina, a la que acompañé a FCH, me empezó un conato de bronquitis que me obligó a guardar reposo absoluto en mi habitación del hotel sede de la reunión, atendido por personal médico del EMP. Fue gracias a mi eficiente equipo de colaboradores de Protocolo, coordinado por la directora general adjunta Tere Mercado, con quien mantuve contacto permanente vía radio, que pudimos sacar adelante tan relevante compromiso. Pese a mis todavía notorias molestias, nada pudo impedir que me levantara de mi lecho de enfermo para presenciar, ya de madrugada, la sesión final de la COP16, en la que se brindó una impresionante ovación de pie a la presidenta de la conferencia, la Canciller Espinosa, por su exitosa conducción de la misma, cuyos avances constituyeron una valiosa contribución al histórico Acuerdo de París de 2015.

Volviendo al tema de las Cartas Credenciales de embajadores, a pesar de nuestros esfuerzos por agilizar lo más posible sus presentaciones al Primer Mandatario, invariablemente – desde antes de mi gestión – se producían retrasos involuntarios en la programación de las ceremonias debido a compromisos prioritarios en la cargada agenda presidencial. Así ocurrió en vísperas de los festejos del Bicentenario de la Independencia, cuando nos vimos en la necesidad de diseñar un acto verdaderamente maratónico en el que 32 embajadores – 16 residentes y 16 concurrentes – le presentaron sus credenciales a FCH para así poder participar formalmente en los actos conmemorativos de tan significativa efeméride nacional.

A pesar de la complejidad protocolaria y logística de poner en práctica 32 diferentes entregas individuales – breves, pero decorosas – logramos con éxito esa hazaña, digna del libro de récords de Guinness. Para satisfacción y orgullo de todo el eficiente personal de Protocolo que lo hizo posible, los embajadores participantes quedaron muy complacidos y se expresaron elogiosamente de la forma tan profesional en la que se había llevado a cabo. Para darle aún mayor realce, el evento se vio coronado por un concurrido almuerzo oficial ofrecido por el Presidente al Cuerpo Diplomático en el Salón de la Tesorería de Palacio Nacional.

Preparativos del G20 en Los Cabos

Una de las responsabilidades más importantes de mi gestión, fueron los preparativos de la cumbre del G20, que México presidió en 2012, y de cuyo comité organizador formé parte desde el inicio de sus trabajos.

Previamente, había tenido el privilegio de asistir, en mi capacidad de jefe de Protocolo, a varios encuentros de jefes de Estado/Gobierno de ese relevante grupo integrado por las principales economías del mundo, a saber: Londres y Pittsburgh, en 2009; Toronto y Seúl, en 2010; y Cannes, en 2011. Fueron experiencias de gran aprendizaje para mí y de suma utilidad para el diseño del formato protocolario de la cumbre de Los Cabos.

A lo largo de los primeros meses de 2012, empezando por un extenso programa en el marco de la reunión anual del WEF en Davos, en enero, tuvimos diversas actividades preparatorias, entre ellas misiones exploratorias individuales de varias delegaciones extranjeras; una avanzada colectiva de los equipos de protocolo, logística, seguridad y prensa de los países participantes; así como reuniones sustantivas de sherpas– coordinadas por la sherpa mexicana, la embajadora Lourdes Aranda – y un encuentro a nivel ministerial presidido por la Canciller Espinosa junto con los titulares de las principales dependencias mexicanas involucradas.

Fue una experiencia de lo más interesante y compleja, misma que, para mi pesar, no llegué a verla cristalizada en la cumbre de Los Cabos, en virtud de una inesperada promoción de la que fui objeto a principios de abril – a la que me referiré al final de este relato – y que me impidió asistir personalmente al evento internacional sin duda más destacado de ese sexenio.

Actividades finales y despedida de Protocolo

El término de mi gestión en Protocolo fue tan repentino como el inicio de la misma.

En marzo de 2012, coordiné los aspectos protocolarios de la memorable visita del Papa Benedicto XVI a Guanajuato donde, por cierto, se dio la singular anécdota de que al subir a su avión para darle la bienvenida e invitarlo a descender a la alfombra roja donde ya lo esperaban FCH y una comitiva de alto nivel, me dirigí a él en alemán, lo cual le sorprendió gratamente. Su asombro fue aún mayor cuando la Canciller Espinosa, egresada de la Deutsche Schule y, al igual que yo, ex embajadora en Alemania, también lo saludó en su idioma natal.

El siguiente compromiso en mi agenda fue una avanzada a La Habana para preparar la tan anhelada y varias veces aplazada visita presidencial a Cuba. Para facilitar enormemente mi labor, se dio la feliz coincidencia que dos de los más altos funcionarios de la Cancillería cubana – el viceministro y el subsecretario político – habían sido mis colegas como embajadores en Berlín. Además, para elevar aún más mis bonos ante mis interlocutores cubanos, se corrió la voz de que estaba yo emparentado con la familia Castro – no por mi apellido paterno, sino por el hecho de que Emma, una de las hermanas consentidas de Fidel y Raúl, radicada en México, estaba casada con un tío mío.

Lo verdaderamente insólito fue que un par de semanas después de esa avanzada, regresara yo a la bella Isla ya no como jefe de Protocolo, sino como subsecretario para América Latina y el Caribe, debiendo atender esa relevante visita presidencial – en sentido figurativo – con doble cachucha. Fue una experiencia inolvidable tanto por su connotación simbólica, como por su complejidad política.

En efecto, tan sólo unos días antes de la visita a Cuba, al final de un viaje a Washington para asistir a una reunión preparatoria de la Cumbre de Seguridad Nuclear, convocada por el Presidente Obama, el Primer Mandatario me había distinguido con la sorpresiva, pero muy honrosa, designación de subsecretario en sustitución de mi amigo y colega, el embajador Rubén Beltrán.

Así, de manera tan inesperada como había comenzado, concluyó súbitamente una de las responsabilidades más interesantes y enriquecedoras que llegué a desempeñaren mi larga carrera en el Servicio Exterior Mexicano, de la cual guardaré siempre – con gratitud por la confianza depositada en mí y con la satisfacción del deber cumplido – el mejor de los recuerdos.

Ciudad de México, julio de 2020.

*Embajador Eminente de México, en retiro.

 

1 Comment

  1. Chispa, sabor y fiel documentación testimonial contiene el interesante relato del Embajador Castro Valle sobre El Protocolo, tildado por las huestes del SEM como “el potroloco”.

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