II. ESTADOS UNIDOS Y LA TRADICIÓN DEL COLT

Hay en la mentalidad de los estadounidenses anglosajones una marcada propensión al moralismo, al racismo y a las armas de fuego. Estados Unidos es el país con mayor intercambio y equivalencia entre la moral y el cash, dijo hace años el poeta (judeo-ruso, Premio Nobel de Literatura, muerto en el exilio en Nueva York) Joseph Brodsky.

La fatídica afición por las armas de fuego es uno de los hábitos más enraizados en la vida social de ese país. Afición que se concreta, que se materializa, un día sí y otro también, cuando el poseedor del arma dispara, abre fuego de manera indiscriminada contra grupos de seres humanos indefensos y ajenos al delirio del asesino.

El fin de toda arma de fuego es matar. No tiene otra razón de ser. La notoria y patética Asociación Nacional del Rifle provocaría risa si no fuera el pavoroso aparato que en esencia es: una fábrica o escuela impulsora de los instintos de esos asesinos que emergen y estallan de improviso. Es también el parapeto de una industria millonaria, un pilar económico y electoral de la ultraderecha estadounidense, apoyo militante del partido republicano y escudo y consuelo de Rednecks y de WASPS.

La justificación de la tenebrosa Asociación es el texto de la llevada y traída “Segunda enmienda” de la Constitución de ese país, que autoriza a los particulares a poseer armas de fuego. Desde luego, la enmienda fue aprobada en 1791 con otro propósito y en circunstancias muy diferentes a las actuales. Mas cuenta con tal arraigo que ningún Presidente se ha arriesgado a promover seriamente su modificación o abolición.

Dos tiroteos masivos, dos masacres deleznables ocurrieron en El Paso, Texas y Dayton, Ohio, con menos de trece horas de diferencia, al comenzar el mes de agosto pasado. En el Paso murieron 22 personas y en Dayton 10. Los asesinos tienen 21 y 24 años respectivamente.

Los dos casos son trágicos desde el ángulo que se les considere. Por el número de víctimas y el perfil mental del asesino, la masacre de El Paso llama poderosamente la atención. Importa sobre todo por la declaración o manifiesto que habría hecho en su tuiter el asesino, de que su propósito homicida estaba encaminado contra mexicanos, es decir contra una raza, contra un pueblo específicamente. Ese crimen se llama genocidio.

Tener y no tener

En junio de 2015, al lanzar oficialmente su candidatura a la Presidencia de Estados Unidos, el Presidente Trump tildó a los mexicanos de narcotraficantes, criminales y violadores. Desde entonces no ha habido ocasión que desaproveche para injuriar, insultar y acosar a México o a los mexicanos. Su reacción a la masacre de El Paso fue una declaración patética o cantinflesca, como se le quiera ver.

El mensaje del asesino, si nos atenemos a su edad y al tamaño y propósito de su crimen, sugiere un adoctrinamiento previo. Eso quedará revelado durante el juicio del criminal, para quien el fiscal de su caso ha anunciado que solicitará –va de nuevo- la pena de muerte.

Quien siga el tuiter y las declaraciones del Presidente Trump lo sabe. Él abrió las puertas a la manifestación, a la exteriorización del odio y del resentimiento con sus declaraciones xenofóbicas. Luego la lógica enredó a ese joven fanático –el asesino de El Paso- y procede a masacrar a destinatarios de las invectivas del Presidente.

La afición a las armas es sin duda un caso de insania, de psicopatía nacional, que no se puede tratar por medios normales. Es un problema de Estados Unidos que no será fácil erradicar. Por lo pronto México debe prever y protegerse: tipificar como crimen punible toda suerte de racismo, detener y prohibir la importación de armas; y realizar una campaña nacional de desarme.

Nunca ha sido un secreto la existencia y práctica del racismo en la sociedad estadounidense, pero se hallaba más o menos –es un decir- contenido, controlado. Esta ocasión el mensaje del criminal de El Paso tuvo destinatario específico. Acaso condensa el resentimiento acumulado por esa masa enorme de blancos empobrecidos y desplazados en su propio país, que han constituido por décadas la espina dorsal de Estados Unidos.

En Textos cautivos, un libro curioso de Jorge Luis Borges, el narrador argentino hace una curiosa referencia a Hemingway sobre esa afición estadounidense. En To Have and Have Not (Tener y no tener) Hemingway, dice el escritor argentino, no toma partido, no se deslinda, sólo describe cáustica, neutralmente una situación, referida al suicidio en Estados Unidos: “Algunos se despeñaban por la ventana de la oficina; otros se iban tranquilamente en garajes para dos coches, con el motor en marcha; otros seguían la tradición nativa del Colt o del Smith and Wesson: esos instrumentos tan bien construidos que dan fin al remordimiento, acaban con el insomnio, curan el cáncer, evitan las bancarrotas y abren una salida a posiciones intolerables con la sola presión del dedo; esos admirables instrumentos americanos tan fáciles de llevar, de tan seguro efecto, tan indicados para concluir el sueño americano cuando éste se vuelve una pesadilla, sin otro inconveniente que el matete que tiene que limpiar la familia”.

CDMX, septiembre de 2019


  1. El autor del presente artículo es diplomático y escritor mexicano.

 

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