III. POR LOS CAMINOS DEL NORTE

En una anterior colaboración con la revista de la Asociación de Diplomáticos Escritores (ADE), abordé el “factor germano” en mi carrera, es decir la influencia que tuvo mi conocimiento del idioma alemán en mi trayectoria profesional en el Servicio Exterior Mexicano (SEM) y que me llevó a representar a México en la totalidad de los países germanoparlantes: Austria; RDA; Alemania; Suiza; y Liechtenstein.

En esta ocasión, quiero compartir con los lectores – desde una perspectiva personal y anecdótica – otro aspecto distintivo de mi carrera: mis comisiones diplomáticas en países del Norte, tanto del continente americano (Canadá y Estados Unidos) como de Europa (Suecia y Noruega).

PARTE I -NORTEAMÉRICA

Después de haber pasado los primeros 18 años de mi vida profesional en puestos en México (Dirección General de Organismos Internacionales; Subsecretaría de Asuntos Económicos; y Secretaría Particular del Canciller) – con un breve intervalo en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM – y en embajadas en Europa (Austria; Reino Unido; y Alemania Oriental), en enero de 1991 fui trasladado a Canadá.

Así comenzó una etapa de involucramiento profesional con la región de Norteamérica, que habría de durar casi diez años, comisionado en nuestras representaciones en Canadá y Estados Unidos, y, entre una y otra adscripción, como titular de la Dirección General para América del Norte de la SRE.

Jefe de Cancillería en Canadá

Mi traslado a la embajada mexicana en Ottawa se dio de manera fortuita. En diciembre de 1990, una vez concluida mi misión como último representante diplomático mexicano ante la RDA, esperaba yo ansiosamente en el Berlín recién unificado que se cumpliera mi anhelo de ascender a embajador y asumir una titularidad en el exterior.

Con esa esperanza, fui convocado a México a un encuentro con el secretario Fernando Solana, en el que, para mi sorpresa, me ofreció la Dirección General para Europa. Honroso nombramiento, que incluso hubiese traído aparejado mi ascenso, pero que en esa etapa de mi vida no correspondía a mis aspiraciones personales y necesidades familiares.

En efecto, después de más de10 años de permanencia ininterrumpida en puestos en México, llevaba yo menos de dos años en el exterior – en dos diferentes adscripciones: Londres y Berlín Oriental – con el desgaste personal y, sobre todo, familiar que implican traslados tan frecuentes con comisiones de tan corta duración.

Con el apoyo de mi jefe y amigo, el subsecretario Andrés Rozental, solicité respetuosamente la reconsideración de dicha designación y que se me permitiera cumplir un ciclo reglamentario fuera de México. El canciller generosamente aceptó mi petición y acordó mi traslado a Canadá, obviamente perdiendo la oportunidad del ascenso.

Mi comisión en Ottawa consistió esencialmente en apoyar como jefe de Cancillería al recién designado embajador en Canadá, Jorge de la Vega Domínguez, un destacado político que previamente había sido gobernador de Chiapas y secretario de Comercio, así como presidente del PRI durante la campaña electoral de Carlos Salinas de Gortari.

El secretario Solana, amigo muy cercano de don Jorge, pensó en mí para apoyarlo dada su falta de experiencia diplomática, lo cual, en el contexto de mi reciente declinación, fue una reiterada muestra de confianza muy apreciada por mí. Trabajar bajo las órdenes de una finísima persona, con tan rica trayectoria política, resultó ser, además de un privilegio, una vivencia sumamente interesante y formativa como servidor público y como diplomático.

Más aún porque la gestión del licenciado De la Vega coincidió en buena medida con dos sucesos de relevancia:

– el proceso de negociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), precursor del actual TMEC, entre los gobiernos encabezados por los presidentes Carlos Salinas de Gortari y George H.W. Bush, así como el primer ministro Brian Mulroney; y

– el recurrente debate interno en Canadá en torno a su unidad nacional ante las aspiraciones separatistas de Quebec, la provincia francófona de ese inmenso y multicultural país.

Unidad nacional de Canadá

Llevar el análisis y seguimiento de los intensos debates en el parlamento y en los medios de comunicación sobre tan vital tema para Canadá fue una de las tareas más interesantes de mi gestión en Ottawa, especialmente después de haber tenido previamente la experiencia de vivir de cerca el histórico proceso de la unificación de Alemania.

La etapa del debate que me correspondió seguir fue la secuela del frustrado Acuerdo del Lago Meech, cuyo propósito había sido reconocer el carácter de ¨sociedad distinta¨ de Quebec. A pesar de su fracaso en 1990, o quizá debido al mismo, al año siguiente el primer ministro Mulroney decidió lanzar una nueva y más ambiciosa iniciativa.

La Ronda Canadá tuvo un alcance más amplio pues pretendía atender no únicamente las demandas de Quebec sino también las de otras provincias desafectas, especialmente las del Oeste del país (Columbia Británica, Alberta, Manitoba y Saskatchewan), así como los intereses de las llamadas Primeras Naciones y otros grupos vulnerables.

Tras una serie de consultas nacionales, a lo largo y ancho de Canadá, se perfiló un principio de arreglo – el Acuerdo de Charlottetown – mismo que, sin embargo, también fracasó en su proceso de ratificación por parte de las asambleas provinciales a finales de 1992.

En este contexto, me tocó asistir a numerosos foros en los que se debatía el futuro del federalismo canadiense y las implicaciones tanto internas como internacionales de un eventual desmembramiento del país.

El ambiente en dichos foros fue inicialmente de un cauteloso optimismo, que fue cediendo a un marcado pesimismo en torno al futuro de Canadá. Lo que no dejaba de sorprender a observadores foráneos por tratarse de un país admirado por su belleza natural fuera de serie, con una imagen muy positiva en razón de su compromiso global, con uno de los estándares de calidad de vida más elevados del mundo, y una posición de liderazgo en los principales índices internacionales.

Sin pretender inmiscuirme indebidamente en un tema interno tan delicado, pero con el ánimo de exaltar los aspectos positivos de su maravillosa nación, solía comentarles a mis amistades federalistas que mi hija – de 9 años de edad y con tres cambios de país, casa y escuela en menos de tres años – estaba tan contenta en Canadá que me había sentenciado que, si me volvían a trasladar, ella se quedaría a vivir en Ottawa.

Y, a propósito de traslados intempestivos, apenas un año después de haber llegado a Canadá, tuve un nuevo ofrecimiento del secretario Solana para regresarme a México, esta vez para ocupar la titularidad de la Dirección General de Protocolo.

Ni siquiera el embajador De la Vega pudo convencer a su amigo de dejarme completar el ciclo para continuar apoyándolo, como había sido mi encomienda original. Así que, asumiendo conscientemente el costo profesional, me atreví a declinar otra honrosa pero, para mis prioridades familiares, inconveniente invitación del canciller.

Lejos estaba yo de imaginarme que, casi 20 años más tarde, llegaría a ser jefe de Protocolo, uno de los cargos más estresantes, pero también de los más interesantes, de mi trayectoria en el SEM.

Obviamente, mi negativa no le agradó al secretario y, como consecuencia, se volvió a retrasar mi ascenso a embajador. En esos tiempos, un ocurrente colega inventó el siguiente acertijo: “¿En qué se parece Castro-Valle a García Robles? … En que Don Alfonso es embajador emérito y Castro-Valle ya merito es embajador.”

Sin embargo, debo reconocer que, a pesar de estas “desavenencias”, don Fernando siempre me distinguió con su amistad, basada en una relación de respeto y aprecio mutuo que continuó fortaleciéndose hasta su sensible fallecimiento en 2016.

Negociación del TLCAN

A raíz de la negociación del TLCAN se dio un considerable cambio cualitativo en la relación bilateral con México, hasta entonces un país relativamente desconocido y distante para la mayoría de los canadienses, con excepción de los miles de viajeros que ya desde entonces visitaban nuestros atractivos turísticos y cálidas playas huyendo de su gélido invierno.

Literalmente de la noche a la mañana, México se convirtió en un potencial aliado estratégico y socio económico de primer nivel para Canadá, lo que implicó una intensificación de los contactos, no sólo a nivel gubernamental sino también de otros sectores, especialmente el empresarial y el académico.

Sin embargo, este acercamiento entre los dos países también trajo consigo un mayor escrutinio por parte de ONG y sindicatos canadienses en torno a aspectos de la realidad mexicana tales como la protección de los derechos humanos y laborales, así como del medio ambiente, lo cual se vio reflejado en la proliferación de notas periodísticas críticas sobre México.

Además del apoyo a las delegaciones técnicas mexicanas que acudían a Canadá a sesiones de negociación de los diferentes grupos de trabajo del TLCAN, una de las tareas prioritarias de la embajada – contando con la colaboración de competentes colegas del SEM como Jorge Álvarez y Gabriel Rosenzweig – era llevar un puntual monitoreo de discusiones en foros políticos y académicos, así como de notas en la prensa canadiense. Se trataba de contrarrestar – o cuando menos contextualizar –expresiones negativas que pudieran afectar la imagen de nuestro país y, en última instancia, también la buena marcha de las negociaciones del acuerdo trilateral.

En esta importante tarea es de resaltarse la excelente coordinación y el trabajo en equipo que se estableció con la oficina especial de SECOFI en Ottawa, a cargo de Manuel Ángel Núñez, quien años más tarde sería electo gobernador de Hidalgo.

Un reconocimiento especial merece, asimismo, a labor del entonces cónsul general en Toronto, Carlos Manuel Sada, excelente funcionario y mejor amigo, quien después de su gestión como presidente municipal de Oaxaca, en su brillante carrera diplomática llegaría a ser titular de algunos de los consulados más importantes de México en EUA como Los Ángeles, Chicago, Nueva York y San Antonio; embajador en Washington; y subsecretario para América del Norte en la SRE.

En el complejo ambiente político que rodeaba el proceso de negociación del TLCAN, recuerdo en particular la interesante gira (road show) por varias ciudades canadienses en la que fui comisionado para acompañar a la secretaria ejecutiva de la recién creada Comisión Nacional de Derechos Humanos, la futura canciller Rosario Green.

El objetivo era tratar de atender las preocupaciones de organizaciones y medios canadienses en torno al espinoso asunto de los derechos humanos en México, mostrando apertura y transparencia a pesar de lo controvertido del tema y la dureza de los comentarios críticos. Fue una experiencia muy formativa y de gran utilidad para futuros retos de esta índole en mi trayectoria en el SEM.

Cambio de embajador y traslado a Londres

Hacia finales de 1992, al cumplirse el plazo convenido de dos años de su misión como embajador en Canadá, De la Vega presentó su renuncia para regresar a México, misma que le fue aceptada.

En una primera instancia, su sucesor iba a ser el embajador Manuel Tello, en ese entonces titular de nuestra embajada en Francia, para quien recibí instrucciones de solicitar el beneplácito canadiense.

Sin embargo, a raíz del triunfo electoral de Bill Clinton sobre George H. W. Bush en noviembre de ese año y el inicio del gobierno Demócrata en enero de 1993, se tomó la decisión en México de cambiar de embajador en Washington y designar al hasta entonces representante permanente ante la ONU, Jorge Montaño.

Al quedar vacante la misión en Nueva York, se nombró al embajador Tello para cubrir ese importante puesto multilateral. En consecuencia, se me instruyó para retirar su solicitud de beneplácito para Canadá y, en su lugar, pedirlo para la embajadora Sandra Fuentes. A pesar de la sorpresa que les causó el retiro del nombramiento de uno de los diplomáticos de más alta jerarquía de México, la designación de Fuentes fue bien recibida por las autoridades canadienses, tanto por sus méritos profesionales en su ascendente carrera como por razones de género, además de su dominio de los idiomas oficiales de ese país.

Acompañé a la nueva embajadora, amiga y colega desde mis inicios en el SEM, a presentar sus cartas credenciales al gobernador general de Canadá – Ramon John Hnatyshyn (de origen ucraniano) – en una congelada Ciudad de Quebec, donde en invierno se establecía la sede protocolaria de la jefatura de Estado.

Al poco tiempo, también la apoyé en su “bautizo de fuego” como embajadora en una reunión de la Comisión Ministerial en Ottawa. Pese a los meticulosos preparativos que realizamos en la embajada para asegurar óptimas condiciones para la participación mexicana, por una desafortunada falla de coordinación logística – ley de Murphy -el equipaje de la delegación no llegó a tiempo a su hotel, obligando a sus integrantes, entre ellos varios secretarios de Estado, a asistir a la cena inaugural con su ropa informal de viaje.

Al final del día, este penoso contratiempo, que fue tomado con gran sentido del humor tanto por los delegados afectados como por sus anfitriones canadienses, contribuyó a aligerar aún más el de por sí buen ambiente del importante encuentro bilateral, que resultó exitoso y productivo.

Mi colaboración con la embajadora Fuentes fue de corta duración pues a finales de abril recibí la instrucción fulminante del secretario Solana de trasladarme a Londres, literalmente en calidad de “apaga fuegos”, para asumir la encargaduría de negocios de nuestra embajada y atender una serie de asuntos especiales, en particular el polémico affair Moussavi.

Habiendo cumplido escasos dos años en Canadá – mi adscripción más larga del sexenio – y consciente de la expresión “la tercera es la vencida”, empaqué mis cosas y partí hacia mi nuevo (viejo) destino.

Nombramiento de DG para América del Norte

Estando comisionado en Londres, por segunda vez en menos de cuatro años (en 1989-1990, con mi respetado mentor, el ex canciller y ahora embajador emérito Bernardo Sepúlveda, y, en 1993, primero como encargado de negocios y luego como jefe de Cancillería con el embajador José Juan de Olloqui), a finales de ese año se produjo una serie de cambios en la titularidad de la SRE derivados de acontecimientos políticos internos en México.

En diciembre, a raíz del destape de Luis Donaldo Colosio como candidato del PRI a la presidencia de la República, Fernando Solana fue sustituido como canciller por Manuel Camacho Solís, quien, al ser nombrado Comisionado para la Paz en Chiapas, en enero de 1994, a su vez fue reemplazado por Manuel Tello.

En un generoso gesto de amistad, que mucho me honró y le agradecí, nuestro flamante secretario, miembro de carrera del SEM, giró indicaciones para que se me reasignara y, en su oportunidad, se me incluyera en la lista de ascensos al rango de embajador que él tenía la intención de someter a la consideración del presidente de la República.

Me empezaron a llegar a Londres diversos ofrecimientos por conducto de los subsecretarios Antonio de Icaza y Rosario Green, ninguno de los cuales llegó a concretarse. Finalmente, en febrero, a través del subsecretario Rozental se formalizó mi designación como director general para América del Norte, posición que estaba vacante desde la salida de Solana de la SRE.

Habría de permanecer en ese complejo cargo durante cuatro años: el último año del presidente Salinas, bajo las órdenes del secretario Tello y el subsecretario Rozental, y los primeros tres años del presidente Ernesto Zedillo, ratificado por el canciller José Ángel Gurría y el subsecretario Juan Rebolledo, hasta mi traslado a Washington al inicio de la gestión de la secretaria Rosario Green a principios de 1998.

En retrospectiva, puedo afirmar que dicho cargo fue uno de los mayores retos profesionales de mi carrera, no sólo por la complejidad del mismo sino también por carecer de experiencia directa con los Estados Unidos, nuestro principal socio en el mundo, que naturalmente representaba la carga de responsabilidad más importante de esa oficina, tema que abordaré más adelante en este relato.

Ascenso al rango de embajador de México

En un breve paréntesis, no puedo omitir referirme a uno de los momentos más emotivos de mi trayectoria en el SEM, ocurrido en marzo de 1994, a escasos dos meses de iniciadas mis funciones al frente de la DGAN.

En una ceremonia especial celebrada en el auditorio Alfonso García Robles de la anterior sede de la cancillería en Tlatelolco, el secretario de Relaciones Exteriores anunció, entre otras promociones, mi ascenso al rango de embajador, un recuerdo que atesoraré para siempre.

Más aún porque se dio la singular coincidencia histórica que tanto mi padre como yo alcanzamos la cúspide del escalafón del SEM durante las respectivas gestiones de dos cancilleres Manuel Tello, padre e hijo, con 35 años de diferencia entre uno y otro ascenso, y – tristemente – casi cinco años después del fallecimiento de mi padre, mi primer guía y ejemplo en mi carrera, con quien me hubiese gustado compartir tan importante promoción.

Relación con Canadá

Retomando el tema de Canadá, con base en la experiencia adquirida en mi trabajo previo en nuestra embajada en Ottawa, que me permitió conocer a fondo la relación bilateral con ese país, una de mis primeras acciones en la DGAN fue plantearle al subsecretario Rozental, un convencido promotor de la incipiente asociación estratégica entre ambas naciones, la conveniencia de introducir una serie de cambios estructurales para un mejor funcionamiento de esa oficina. El quizá más importante entre ellos fue la creación de una dirección de área específicamente dedicada a Canadá ya que anteriormente los temas de la agenda con ese país se trataban dentro de la dirección de área de asuntos bilaterales con los Estados Unidos.

Esta nueva organización permitió una atención más puntual de aspectos relevantes de nuestros vínculos con Canadá tales como el fortalecimiento de los mecanismos institucionales, especialmente la Comisión Ministerial; la elaboración de una Declaración de objetivos de la relación bilateral con un plan de acción con pasos concretos hacia la consolidación de una asociación estratégica; el seguimiento del Programa de Trabajadores Agrícolas Temporales; así como la introducción de un programa de intercambio de funcionarios entre las cancillerías mexicana y canadiense, una innovación que contribuyó al acercamiento y a un mejor conocimiento mutuo entre los dos ministerios.

Ante la imposibilidad de explayarme sobre la amplitud de asuntos relacionados con Canadá que se atendieron durante mi gestión en la DGAN, me limitaré a relatar dos de los sucesos más memorables.

Primeramente, en marzo de 1994, tuvo lugar la conmemoración del 50 aniversario del establecimiento de relaciones diplomáticas entre ambos países cuyo programa contempló una multiplicidad de actividades de carácter político, económico, cultural y académico.

El evento de más alto nivel fue la visita oficial del primer ministro Jean Chrétien al frente de una misión especial integrada por destacadas personalidades de los sectores gubernamental, parlamentario, empresarial y universitario.

Tras desahogar una intensa agenda de actos oficiales, la visita culminaría el 23 de marzo con una cena de gala ofrecida por el presidente Salinas en la entonces residencia oficial de Los Pinos.

Estando los invitados reunidos en el salón Adolfo López Mateos esperando la llegada de los dos mandatarios para dar inicio a la cena, empezó a circular, primero como rumor, y posteriormente como un hecho consumado, la noticia del atentado perpetrado en Tijuana que privó de la vida al candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo Colosio.

En medio de la situación de incredulidad y confusión, el canciller Tello entró a dar el anuncio de la cancelación de la cena. A la salida del salón, algunos de los asistentes tuvieron la oportunidad de despedirse del presidente, acompañado de su distinguido huésped canadiense, y transmitirle su profundo pesar por el trágico suceso. Una experiencia de lo más impactante que quedará para siempre grabada en mi memoria.

El segundo acontecimiento que me gustaría destacar fue la visita de Estado del presidente Ernesto Zedillo a Canadá, en 1996, que representó todo un reto protocolario y logístico al incluir cinco ciudades de ese vasto país: Ottawa, Montreal, Toronto, Calgary y Vancouver.

La recuerdo con particular satisfacción. Por una parte, por su exitoso desarrollo y la relevancia de sus resultados sustantivos, entre ellos la suscripción de la Declaración de objetivos y el plan de acción para la consolidación de la asociación estratégica entre ambos países. Pero, por otra parte, también porque, en cierto sentido, representó la culminación de mi propia aportación – mi “granito de arena” – iniciada en 1991 como jefe de Cancillería en Ottawa, a la profundización de nuestra relación con Canadá, hoy en día uno de nuestros principales socios a nivel bilateral, regional y global, con el cual en este 2019 se conmemora el 75 aniversario del establecimiento de nuestros nexos diplomáticos.

Relación con Estados Unidos

Como ya lo apuntaba, la mayor carga de trabajo en la DGAN era (y lo sigue siendo) la atención de la relación bilateral con nuestro vecino del Norte, la más importante que tenemos con país alguno en el mundo. Fuente de enormes oportunidades de cooperación en beneficio mutuo, pero también de complejos y recurrentes retos y “dolores de cabeza”.

Por las demandas del puesto, mi luna de miel fue breve y mi curva de aprendizaje sumamente intensa. De hecho, tuve mi bautizo de fuego incluso antes de iniciar oficialmente funciones en la DGAN.

Encontrándome todavía en Londres, arreglando pendientes para mi mudanza a México – la quinta y última de ese sexenio – recibí la instrucción de viajar a Washington para acompañar al secretario Tello en su primera visita de trabajo a los Estados Unidos.

Fue una experiencia muy valiosa y útil para el desempeño de mi futuro encargo. Por un lado, me permitió obtener una primera visión de alto nivel de la complejidad y riqueza de la agenda bilateral. Por el otro, me facilitó conocer y entrar en contacto con algunos de nuestros principales interlocutores, tanto en el Ejecutivo (Casa Blanca – Arturo Valenzuela; Departamento de Estado–Alexander Watson y Jeffrey Davidow; Procuraduría General – Janet Reno y Eric Holder; Servicios de Inmigración y Naturalización – Doris Meissner, entre otros) como también en ambas cámaras del Congreso, organismos empresariales, y centros de investigación e instituciones académicas de la capital estadounidense.

Al poco tiempo de esa incursión inicial, me trasladé a México para tomar posesión formal del cargo y me sumergí de lleno en el trabajo para familiarizarme – a toda velocidad – con las prioridades de nuestros intensos y diversificados vínculos con EUA.

Asuntos fronterizos

Una de mis primeras comisiones fue asistir, como miembro de la delegación mexicana liderada por el subsecretario Rozental, a una conferencia binacional sobre asuntos fronterizos, celebrada en Tijuana, con la participación de funcionarios federales, estatales y locales, así como representantes de organizaciones empresariales e instituciones académicas de ambos países.

Fue una formativa experiencia como aproximación al complejo pero fascinante mundo de la frontera, con el que habría de involucrarme a profundidad durante mi labor al frente de la DGAN.

En una primera instancia, durante la gestión del canciller Tello, me tocó colaborar estrechamente con la entonces Dirección General de Fronteras, cuyo titular era el embajador Luis Wybo, un gran conocedor de la agenda fronteriza y defensor a ultranza de la soberanía nacional e integridad territorial.

Juntos participamos en reuniones del grupo binacional de asuntos fronterizos y en recorridos por instalaciones migratorias y aduanales en ambos lados de la línea divisoria entre ambos países.

Este aprendizaje al lado de un experimentado “viejo lobo de mar” me fue de la mayor utilidad cuando, en la administración siguiente, bajo las órdenes del secretario José Ángel Gurría y el subsecretario Juan Rebolledo, se suprimió la DG de Fronteras (“por razones presupuestales”) y sus atribuciones fueron repartidas entre la DG para América del Norte y la DG para América Latina y el Caribe.

A raíz de esa reestructuración, la mayor parte del personal de Fronteras – encabezado por las directoras de área Leonora Rueda y Rita Vargas – pasó a la DGAN. Por mi parte, debí asumir nuevas funciones, entre ellas la presidencia de las delegaciones mexicanas que participaban en reuniones de los diversos mecanismos institucionales de cooperación fronteriza, tales como el grupo binacional de puentes y cruces internacionales.

Fue en una reunión de dicho foro, frente a representantes de ambos países, que de manera inesperada mi contraparte del Departamento de Estado y yo fuimos objeto de un regaño de nadie menos que el gobernador de Chihuahua, Francisco Barrio, que nos calificó de “burócratas de escritorio” que pretendíamos inmiscuirnos en la realidad fronteriza desde la comodidad de nuestras oficinas en la Ciudad de México y Washington.

Quizá no le faltaba algo de razón, pero este encontronazo con uno de los principales exponentes de los “broncos del Norte” no dejó de pesaren mi ánimo. En última instancia, tomé ese rudo reclamo como un reto para profundizar en el conocimiento del complejo mundo de una de las fronteras más dinámicas del orbe.

A propósito del embajador Wybo, en una de sus visitas a México como titular de nuestra embajada en China, pasó a la DGAN a saludarme y supongo que también a ver cómo estaba yo manejando sus “sagrados” temas fronterizos.

En confianza, comentamos la situación en México y la relación con los Estados Unidos al inicio de la era del TLCAN. Al preguntarle cómo percibía él la política exterior desde su observatorio en Beijing, con su característico humor cáustico, me respondió: “norteada y desorientada” (traducción: concentrada excesivamente en nuestro vecino del Norte y sin mayor interés en el lejano Oriente).

En otros rubros de la agenda con los Estados Unidos habría tantas cosas que relatar – y poco espacio para ello – que me concentraré en un par de experiencias, de tipo anecdótico, que me tocó vivir, primero en la DGAN y posteriormente como embajador alterno en nuestra embajada en Washington.

Comisión Binacional Gurría – Christopher

Recién iniciado el gobierno del presidente Zedillo, ratificado como “factor de continuidad” al frente de la DGAN, surgió una serie de retos, entre los que destacaron la negociación del paquete financiero derivado de la emergencia económica provocada por el llamado “error de diciembre”; el ambiente antimexicano y antiinmigrante en diversos sectores de ese país, principalmente en el Congreso, y en algunos estados fronterizos, sobre todo en California; así como el proceso de certificación de los esfuerzos de México en el combate al narcotráfico con la amenaza de sanciones que siempre pendían como espada de Damocles sobre nuestro país.

Al poco tiempo de sorteados estos retos, se llevó a cabo en la Ciudad de México una reunión del mecanismo institucional más importante de la relación bilateral: la Comisión Binacional, compuesta por una docena de grupos de trabajo presididos por secretarios o subsecretarios de ambos países.

Siendo el primer encuentro de este tipo que le tocaba copresidir al secretario Gurría – junto con su contraparte Warren Christopher – y en un ambiente político tan tenso, el subsecretario Rebolledo nos conminó a realizar nuestro máximo esfuerzo para asegurar el éxito del evento, tanto en los temas de fondo como en su complicada organización logística.

Esto suponía, por una parte, una adecuada coordinación con todas las dependencias mexicanas involucradas y, por otra, un arduo trabajo de preparación al interior de la cancillería y, en especial, en la DGAN.

Además de la elaboración de carpetas de apoyo sobre los principales temas de la agenda, así como proyectos de minutas de los grupos de trabajo y del comunicado final de la reunión, junto con mi entusiasta equipo de colaboradores de la DGAN – por cierto, integrado por un considerable número de competentes mujeres –nos abocamos a preparar un guión anotado, muy detallado, que pudiera utilizar el canciller para conducir, paso a paso, las sesiones plenarias de la Comisión Binacional.

Como nadie nos lo había pedido expresamente, surgió la duda de qué tanta utilidad iba a tener ese documento para una persona como Gurría, un auténtico mago de la improvisación y el manejo de este tipo de foros. Para nuestra grata sorpresa, el canciller no sólo siguió al pie de la letra nuestro texto sino que, al día siguiente de la reunión, convocó a un brindis para celebrar el exitoso desarrollo de la Comisión Binacional, de la cual – por cierto – surgió el concepto del “Nuevo Entendimiento” en la relación entre ambos países.

En sus palabras de agradecimiento, dedicó un reconocimiento especial al trabajo realizado por la DGAN y alabó públicamente nuestro guión que, según él, le había sido de gran ayuda para conducir el encuentro. Viniendo de alguien como Gurría, el elogio nos llenó de satisfacción y no pasó desapercibido entre los demás asistentes al brindis.

Visita del presidente Clinton a México

La visita de Estado del presidente Clinton en 1997 fue un acontecimiento internacional de la mayor relevancia en el sexenio del presidente Zedillo y, naturalmente, requirió de un cuidadoso proceso de organización que involucró a múltiples instancias del gobierno mexicano.

El programa comprendió toda una serie de actividades iniciando con la ceremonia oficial de bienvenida para la cual se diseñó un formato especial, que incluyó un desfile militar en el Campo Marte para rendir honores al ilustre visitante.

Como comandante de dicho desfile fungió un alto directivo del Colegio Militar, quien flanqueado por dos oficiales se dirigió a paso veloz hacia la tribuna donde estaban ubicados los dos presidentes, sus comitivas oficiales e invitados especiales, así como funcionarios de la SRE.

Con toda solemnidad, el comandante solicitó autorización superior para comenzar el desfile, pero al intentar decir el nombre completo del mandatario estadounidense, se acordó únicamente de sus dos nombres “de pila”, más no de su apellido. Tras un momento de silencio – que pareció eterno -volvió a intentarlo y nuevamente olvidó el apellido. Por más que desde la tribuna le gritábamos: “¡Clinton!”, no nos pudo escuchar, y tuvo que resignarse a dar inicio al desfile en honor del excelentísimo señor “William Jefferson”.

Como era de esperarse, este incidente fue la comidilla del día, compitiendo con las críticas por las molestias que causaron las extremas medidas de seguridad que prácticamente paralizaron la zona de Polanco donde se hospedaban el visitante y su numeroso séquito. Muchos nos preguntábamos qué repercusiones habría tenido el fauxpas del militar y cuántos arrestos habría provocado.

Al día siguiente, recibí una llamada del jefe de misión alterno de la embajada de Estados Unidos para pedirme el nombre y cargo del comandante del desfile. Al preguntarle en confianza el propósito de su solicitud, me respondió que el presidente Clinton deseaba enviarle una nota de agradecimiento por su magnífica conducción del desfile. Noblesse oblige.

Traslado a Washington

Hacia finales de 1997, estando por cumplir un ciclo de cuatro años al frente de la DGAN, por conducto del subsecretario Rebolledo solicité que se me considerara para un traslado al exterior.

No habiendo titularidades vacantes en ese momento, y ante el reciente cambio de embajador en Estados Unidos – Jesús Reyes Heroles en sustitución de Jesús Silva Herzog –, planteé la posibilidad de asumir la jefatura de Cancillería de nuestra representación en Washington con el cargo de embajador alterno. El secretario Gurría gentilmente aprobó mi petición y acordó mi traslado para principios del año siguiente, mismo que fue ratificado por la nueva canciller, Rosario Green, al tomar posesión en enero de 1998.

Embajador alterno en Washington

Mi labor como embajador alterno en la embajada más grande e importante de México en el mundo fue todo un reto profesional al que abonó mi experiencia adquirida en la DGAN y el hecho de conocer y ser conocido por los principales actores de la relación bilateral.

Como jefe de Cancillería, mi función primordial consistía en apoyar al titular en la coordinación de las diferentes secciones de la misión dependientes de la SRE como también con las agregadurías de otras secretarías del gobierno mexicano.

Tarea por demás compleja que pudo realizarse eficazmente, por una parte, debido al excelente entendimiento entre el subsecretario Rebolledo y el embajador Reyes Heroles– no siempre fácil de lograr entre la cancillería en México y la embajada en Washington; y, por otra, gracias a la destacada labor de un sólido equipo, integrado por personal que había trabajado con el anterior titular, así como por funcionarios que llegaron con el nuevo embajador, algunos de los cuales habían colaborado previamente conmigo en la DGAN.

Con el riesgo de dejar fuera algunos nombres – y disculpándome de antemano por cualquier omisión -quiero reconocer de manera especial la valiosa contribución realizada por Gustavo Mohar, como ministro encargado de la relación con el Congreso y asuntos migratorios, apoyado por Mabel Gómez y Reyna Torres; Luis Carlos Ugalde, José Ignacio Madrazo y Laura Ramírez, en la oficina del embajador; Juan Carlos Mendoza y Eduardo Baca, en la jefatura de Cancillería; José Antonio Zabalgoitia y Alicia Buenrostro, en la sección de comunicación social; Jorge Lomónaco, encargado de la coordinación con los casi 50 consulados en EUA; Carlos González Gutiérrez, responsable de la atención a las comunidades mexicanas; Rodrigo Labardini, en temas de cooperación contra el narcotráfico; Rodolfo Quilantán, encargado de asuntos jurídicos; y Alfredo Phillips y Nathan Wolf, en la sección de asuntos económicos. Sin dejar de mencionar a los funcionarios de las agregadurías de otras dependencias como SECOFI (Luis de la Calle y Luz María de la Mora); PGR (Gustavo González Báez); Energía (Fernando Alonso y Lourdes Melgar); Pesca (Mario Aguilar); y Agricultura (Raúl Urteaga).

En su mayoría, estos competentes ex colaboradores, mujeres y hombres, han hecho brillantes carreras en diferentes ámbitos profesionales o actualmente ocupan cargos de relevancia en el SEM como titulares de embajadas y consulados.

Otra de mis funciones primordiales en la embajada era la coordinación de reuniones de alto nivel – como la Comisión Binacional – o de visitas oficiales, sobre todo las presidenciales.

Comisión Binacional Green – Albright

En enero de 1997, Madeleine Albright fue designada por el presidente Clinton como la primera mujer secretaria de Estado en la historia de EUA, como Rosario Green lo habría de ser, un año después, también en México.

Así se dio la coincidencia histórica que dos mujeres ocuparan simultáneamente los puestos de mayor jerarquía en materia de relaciones exteriores en uno y otro país. Situación que se repetiría, una década más tarde, en el caso de Patricia Espinosa, primero con Condoleezza Rice y posteriormente con Hillary Clinton.

Al poco tiempo de tomar posesión, la canciller Green copresidió con la secretaria Albright una reunión de la Comisión Binacional en Washington. Uno de los momentos estelares de dicho encuentro fue cuando Green, en su discurso principal, parafraseando a Humphrey Bogart en la película Casablanca, se refirió a su incipiente relación con Albright como “el inicio de una bella amistad”, expresión que fue muy aplaudida en ese momento y considerada como un buen augurio para la relación bilateral.

Sin embargo, nos quedaba claro que, en términos de Realpolitik, para una potencia como los Estados Unidos lo que realmente cuenta son sus intereses y no sus amistades, por “bellas” que éstas puedan ser.

Última visita del presidente Zedillo a Washington

Otro de los momentos culminantes de mi gestión en Washington fue la visita del presidente Zedillo en 2000, unos meses antes del término de su sexenio, que permitió un corte de caja del “Nuevo Entendimiento” impulsado en la relación bilateral durante ese periodo.

Como jefe de Cancillería, me correspondió la coordinación con las instancias estadounidenses involucradas en la organización protocolaria y logística de esta visita, en especial la Casa Blanca y el Departamento de Estado.

Desde un principio, recibimos instrucciones de México de negociar un breve saludo con el presidente Clinton, en el momento más propicio para ello, para un grupo de destacados periodistas mexicanos que formaban parte de la comitiva de invitados especiales de nuestro primer mandatario.

Tras múltiples intentos por convencer a las autoridades estadounidenses, que se mostraban reticentes a acceder a nuestra solicitud aduciendo “motivos de agenda”, finalmente logramos que aceptaran invitar a los líderes de opinión mexicanos a presenciar–pero sin tener contacto alguno con el mandatario estadounidense – la firma del acuerdo de delimitación del área del Polígono Occidental del Golfo de México, a cargo de las secretarias Green y Albright, teniendo como testigos de honor a los presidentes Zedillo y Clinton.

Al finalizar dicho acto, los mandatarios y sus cancilleres abandonaron el salón por la puerta más cercana a la mesa de la firma, en tanto que los periodistas y los funcionarios que los acompañábamos lo hicimos por una salida ubicada en el extremo opuesto.

Para nuestra fortuna y sorpresa, cuando íbamos saliendo del salón, de repente apareció en nuestro camino el presidente Clinton, quien después de despedir a su huésped mexicano había decidido volver a entrar al Ala Oeste de la Casa Blanca por nuestro lado.

Ante el asombro – seguramente combinado con cierto grado de molestia – de los renuentes funcionarios estadounidenses, el carismático mandatario no sólo saludó de mano a todo el grupo mexicano sino que accedió a fotografiarse con nosotros. Al momento de la toma de la imagen, uno de los connacionales exclamó: “¡whisky!”, a lo que Clinton de inmediato replicó: “no, not whisky: ¡tequila!”, provocando una sonora carcajada.

Con este golpe de suerte, de manera totalmente fortuita, la embajada logró cumplir con creces, más allá de nuestras expectativas, la instrucción originalmente recibida.

Por supuesto, guardo como un “tesoro” una copia de esa foto, en la que, entre otros, aparecen Guillermo Ochoa, Leonardo Curzio, Javier Solórzano, Javier Alatorre, José Cárdenas, Amador Narcia, Raúl Peimbert y Enrique Lazcano, además de funcionarios de las dependencias mexicanas involucradas en la firma del acuerdo, incluyéndome a mí por parte de la embajada.

Fin de sexenio y nombramiento de embajador en Suecia

Hacia finales de noviembre de 2000, a raíz de la victoria de Vicente Fox en México y la reñida contienda electoral entre George W. Bush y Al Gore en EUA, la gestión de Jesús Reyes Heroles como embajador en Washington llegó a su fin.

Consciente de que tendría yo que cubrir la encargaduría de negocios de la embajada hasta el arribo de un nuevo titular, empecé, sin embargo, a planear mi siguiente destino en mi carrera.

Naturalmente, mi proyecto era – casi 7 años después de mi ascenso a embajador -asumir, por fin, la titularidad de una representación diplomática en el exterior. A sugerencia de Andrés Rozental, dirigí una petición personal a Jorge Castañeda, a quien ya se le ubicaba como secretario de Relaciones Exteriores en el inminente gabinete de Fox.

Entre las embajadas que incluí en mi terna ideal figuraban Alemania, Austria y Suecia. En un principio, todo parecía indicar que la balanza se inclinaría por Alemania, con base en mi dominio del idioma y mi experiencia diplomática previa en la extinta RDA.

Sin embargo, de último momento, la decisión final sobre Alemania recayó en la futura canciller Patricia Espinosa y a mí se me designó para Suecia, donde mi padre había sido embajador 25 años antes, coincidentemente durante la gestión de Jorge Castañeda padre como secretario de Relaciones Exteriores.

Permanecí en Washington hasta febrero de 2001 cuando entregué la embajada a mi apreciado amigo Juan José Bremer, quien –en otra singular coincidencia- había sustituido a mi padre como embajador en Estocolmo, en 1982, y posteriormente, en 1990, habíamos compartido la experiencia histórica de la unificación alemana, él en la entonces capital occidental de Bonn y yo en Berlín Oriental.

Fue así cómo, previa ratificación del senado de la República, tuve el privilegio de incursionar en el maravilloso mundo de Escandinavia; comenzando en Suecia como mi primera embajada y, 18 años más tarde, terminando en Noruega como mi última misión previo a mi retiro del SEM tras más de cuatro décadas de actividad diplomática.

A esa para mi muy significativa etapa de mi carrera, dedicaré una próxima colaboración con la revista de la ADE, a la que aprovecho esta oportunidad para desearle un feliz XVIII aniversario.

Octubre de 2019


  1. El autor del presente artículo es embajador eminente de México, en retiro.

 

Be the first to comment

Deje un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.