IX. EL FUTURO NOS ALCANZA. LA ERA DIGITAL EN LA DIPLOMACIA

Estimados lectores, en el mes de marzo de 1989 la entonces Escuela Nacional de Estudios Profesionales (ENEP) Aragón, dependiente de la Universidad Nacional Autónoma de México publicó mi obra titulada “La Diplomacia, orientación vocacional y profesional.”[1]

En dicha obra en el Capítulo I. Conceptos, inciso D. páginas 107-112, escribí: El Futuro de la Diplomacia. La Diplomacia del Futuro. En esta ocasión jugando con la ubicación de los términos me propuse explicar sobre qué le esperaría en el futuro a la diplomacia y a los profesionales que la ejercen.

Un poco de historia. Algunos estudiosos de la profesión diplomática han llegado a sostener la existencia de una “vieja diplomacia” y de una “nueva diplomacia”. Como consecuencia de una aceptación de lo anterior, sería lógico hablar de una “diplomacia del futuro”, o de la “futura diplomacia”. Pero dicha disyuntiva no es nueva, ha estado presente durante generaciones y seguramente seguirá la discusión sobre la manera de llevar a cabo una mejor diplomacia.

En apoyo de tales discernimientos, cabe traer a colación una opinión expresada por el conocido diplomático francés Jules Cambon (diplomático francés 1845-1935):

“Hablar de diplomacia nueva y de diplomacia vieja equivale a establecer una distinción sin que exista una diferencia. Es la apariencia externa, o si se prefiere el maquillaje de la diplomacia la que cambia gradualmente. La sustancia subsistirá en primer lugar porque la naturaleza humana no cambia jamás; en segundo término porque solo hay un modo de arreglar las diferencias internacionales y, finalmente porque el método más persuasivo de que dispone un gobierno, es la palabra de un hombre honrado”[2].

Por lo que se refiere al trabajo que realizan los diplomáticos, ya desde la última década del siglo pasado el que esto escribe comentó acerca de los cambios que se vislumbraban en los medios de comunicación; ante lo cual el diplomático tendría que hacer uso de su capacidad de adaptación, para incorporarse a los nuevos tiempos y métodos de trabajo.

En el no tan lejano siglo XX, algunos funcionarios para comunicarnos de manera escrita recurrimos al antiguo sistema de mensajes a través del telégrafo, posteriormente el télex y el fax (facsímil). Cada uno de ellos representó un gran avance en su momento y se emplearon durante décadas. El primero era muy limitado, el lenguaje que se usaba era corto y abreviado y, el costo por palabra hacía que los mensajes se limitaran a unas cuantas frases.

El aparato télex representó un gran avance, dado que aunque el lenguaje se continuaba abreviando, ya se podían elaborar informes de varias páginas de extensión; inclusive, se podían enviar mensajes cifrados, que aunque su elaboración se hacía tediosa y cansada, permitían comunicar asuntos delicados (muy reservados) no accesibles a cualquier persona, sino solo para el destinatario. El texto que se iba escribiendo como si se tratara de una máquina de escribir y se “grababa” en una cinta en la cual se le iban haciendo perforaciones; inclusive quienes ya eran experimentados en esos quehaceres podían revisar o leer lo escrito.

Cuando se trataba de cifrar un mensaje había una atmósfera de misterio, ya que nadie se podía enterar del contenido –excepto el que lo redactó y el encargado de ponerlo en clave-, existían dos libros gruesos, a los que llamábamos “la biblia” y que a la manera de un diccionario, se iba buscando cada palabra en español, vocablo, artículo, en orden alfabético, para encontrar su equivalente en la cifra, todo representado por cinco letras que aparentemente no decían nada y así una por una se iba pasando de un lenguaje a otro. El descifrado se hacía de la misma manera, solo que al revés, se buscaba la palabra cifrada para saber su significado en español. Eran sesiones de 2, 4 o más horas, dependiendo de la extensión del mensaje. En mi experiencia en materia de cifrados, llegué a dominar un método que me permitía realizar el trabajo con cierta rapidez y exactitud.

Recuerdo que estando acreditado en un país de Europa Oriental, un embajador para darse cierta importancia me decía:

  • “Oiga licenciado le voy a pedir que me cifre esta traducción que nos hicieron de un periódico local…”
  • Como yo le tenía cierta confianza le respondía: Con todo gusto lo hago, pero en mi opinión si se trata de una noticia de periódico, de seguro ya la conocen en medio mundo. Podíamos enviarla así como está traducida al español.
  • Como respuesta el embajador en tono un tanto sarcástico decía: Sí, estoy de acuerdo, pero vamos a darles trabajo allá en la Secretaría y los ponemos un poco nerviosos. Así es que proceda a cifrarlo.
  • Y, como dice el dicho: “donde manda capitán…”

Finalmente, a principios de la década de los noventa del siglo XX el fax se convierte en el medio de comunicación por excelencia (aunque su invento se remonta al mediados del siglo XIX), cuyo aparato se maneja a manera y semejanza de un teléfono y que permite escanear y enviar como copia un texto de varias páginas, incluyendo la firma del remitente e imágenes de cualquier tipo; el cual es recibido por otro aparato en el destino y se imprime.[3][4] Los documentos enviados por fax son reconocidos con valor legal en muchos países.

Durante la misma década de 1990, se dispara el uso de los teléfonos celulares, que cada vez se han ido modernizando y ampliando sus funciones. Asimismo, las redes de internet incorporadas a computadoras cada vez más avanzadas, han representado una gran aportación de la ciencia y la tecnología a favor de una más rápida y mejor comunicación.

Ahora en el siglo XXI a las facilidades tecnológicas antes descritas, se le ha venido a sumar el empleo de mensajes telefónicos con imágenes “en vivo y en directo”; lo cual al principio estaba al alcance de cierto nivel de funcionarios o personas con altos recursos. Pero afortunadamente, dicha forma de comunicarse se ha vuelto popular y ahora cualquier persona con un teléfono móvil, o con una computadora con acceso a internet puede comunicarse; ya sea a través de redes sociales, o empleando otras aplicaciones.

Comentario final. Como hemos podido apreciar, por los tiempos de pandemia que padecemos en el mundo, ha sido necesario practicar cierto encierro en nuestros hogares y suspender así sea temporalmente la mayor parte de las actividades laborales, económicas, comerciales y sociales.

Gracias a los avances de la tecnología, dicha situación no ha traído necesariamente el aislamiento o la incomunicación, sino que, en los casos de las personas, instituciones, empresas y gobiernos que cuentan con el servicio de internet, les ha permitido continuar cierto tipo de actividades, incluyendo las educativas.

Asimismo, grupos de personas han recurrido a las pláticas grupales o “chats”, para intercambiar información o simplemente para estar en contacto. De este movimiento han participado ampliamente Jefes de Estado o de Gobierno, así como Ministros, en reuniones o asambleas virtuales, a cuyos acuerdos o declaraciones se les ha concedido valor y compromiso.

No sobra reiterar que quedan, en las esferas internacionales tareas muy importantes por llevarse a cabo, en las que la diplomacia juega un papel destacado, pensando no solo como el brazo ejecutor de la política exterior de su respectivo gobierno; sino que, aprovechando su influencia y prestigio -así como también sacando provecho de su situación privilegiada de poder observar in situ, diferentes realidades nacionales-, tratar de sensibilizar a su gobierno y a la opinión pública, de su país y del mundo, sobre la conveniencia de trabajar sin descanso, para lograr una convivencia pacífica y de cooperación internacional que beneficien a toda la humanidad.

Visto lo anterior, ¿Qué le espera a la diplomacia? Su papel a desempeñar en el futuro ¿disminuirá en razón de los avances tecnológicos, o como consecuencia de algunos yerros como los ya señalados?[5], o bien: ¿Podrá ser que esta actividad logre el triunfo que la razón, el derecho y la ética le han trazado?

A pesar de todo lo visto anteriormente, se debe de ser optimista y pensar en un futuro promisorio. Podríamos creer que tanta desigualdad existente en el mundo desaparecerá; que las relaciones de todo tipo serán justas y que la anhelada paz, será algo tangible y seguro, con la colaboración de todos.

Por lo tanto, se puede afirmar que la diplomacia del futuro quizá muestre otro ropaje y que, seguramente, tendrá que adaptarse a situaciones nuevas -como lo ha venido haciendo-; que deberá encarar otros métodos, emplear diferentes medios hasta hoy desconocidos; pero como ya se ha dicho, la esencia del ser y del quehacer de la diplomacia, no variará al grado de que tuviésemos que desechar lo que hasta ahora tenemos.

Notas:

  1. Textos de Ciencias Políticas de la ENEP Aragón. “La diplomacia, orientación vocacional y profesional”, Marzo de 1989, Prólogo del embajador Ismael Moreno Pino, 307 páginas. En dicha ocasión, como agradecimiento a mi formación universitaria, cedí a la ENEP Aragón-UNAM las posibles ganancias o regalías que se produjeran de la venta del libro.
  2. Ernesto Castillo Pimentel, Ceremonial Público, Ed. Escuela de Diplomacia, Universidad de Panamá, 1951, pág. 10
  3. Un fax es esencialmente un escáner de imágenes, un módem y una impresora combinados en un aparato especializado. El escáner convierte el documento original en una imagen digital; el módem envía la imagen por la línea telefónica; al otro lado, otro módem lo recibe y lo envía a la impresora, que hace una copia del documento original. Los primeros faxes utilizaban impresoras térmicas, que requieren un papel específico. Eran muy pocas las máquinas que usaban una impresora de agujas, y aún menos las que usaban una impresora láser. La llegada y, sobre todo, el abaratamiento de la impresión por chorro de tinta provocó un boom de faxes de papel normal, que en la mitad de los casos actuaban además como equipos multifunción (desde actuar sólo como impresora o fax/módem del ordenador conectado, a poder controlarse cualquiera de sus partes).
  4. Me refiero a los llamados fracasos de la diplomacia, como han sido los conflictos internacionales que han terminado en pérdidas de vidas humanas, principalmente las dos guerras mundiales del siglo XX.

 

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