LA PANDEMIA Y SUS EFECTOS COLATERALES[1]. Por Víctor Hugo Ramírez Lavalle

            Mucho se ha escrito, y se seguirá escribiendo, sobre el SARS-CoV-2- o lo que es lo mismo el Covid-19, mejor conocido como Coronavirus. Dado que es un tema bastante controversial, debido a que cada persona, país u organismo internacional tiene su propio punto de vista, en esta oportunidad me referiré a la pandemia que está azolando el mundo desde un punto de vista pragmático y, sin desdeñar la dinámica epidemiológica en los próximos meses y años (según los científicos), trataré de llegar a conclusiones puntuales sobre aquellos aspectos que, desde mi punto de vista, son los más destacados dentro de la serie de efectos colaterales que afectan y seguirán atribulando a la humanidad.

Por principio, es inobjetable que el mundo en general (países y las principales organizaciones internacionales) así como las poblaciones, en lo particular, han estado pasando por diversas etapas: partieron de un desconcierto y de un desconocimiento prácticamente total de qué era lo que estaba sucediendo; posteriormente entraron a un momento de angustia y miedo, situación que se elevó en escasos días produciendo un estado de pánico al no avizorarse y constatarse que no surgía un líder, un Estado u organización internacional que asumiera el liderazgo para contener la pandemia o, por lo menos, en algo o alguien en quién se pudiera confiar.

En menos de dos meses el caos mundial se hizo presente con datos, estadísticas y proyecciones en áreas tales como la expansión descontrolada de la pandemia y, con ello, la letalidad y mortandad de los humanos y, acompañando este tétrico panorama, advertencias de crisis inimaginables en el comercio y las finanzas; la pérdida de millones de empleos, sus efectos en el turismo, así como la inestabilidad progresiva en sectores estratégicos como la cadena que integra la alimentación-consumo; la producción, comercialización y distribución de los hidrocarburos (independientemente de la “guerra” comercial entre los EUA y China), así como el enfrentamiento en ese sector entre Rusia y Arabia Saudita y un largo etcétera, que harán decrecer el PIB de todos los países, obligándolos a recurrir a préstamos (con condiciones que afectarán a países y poblaciones)  por parte de las principales organizaciones crediticias (FMI-BM-BID, ETC.), en donde descansa un agotado y cada día menos confiable sistema capitalista.

Es así como el Covid-19 desplazó a organizaciones como la ONU, la OMC, el G7, el G20, la UE o cualquier otra organización u organismo internacional e, inclusive, destrozó el sueño de un gobierno mundial que intentaban consolidar los estadounidenses. En su lugar ha surgido un nacionalismo a ultranza, entendido éste como la necesidad imperiosa de sobrevivencia de los Estados, sin importarles lo que tienen que hacer para subsistir como tales, en una lucha de todos contra todos, escenario en donde ha desaparecido la cooperación y la ética pero, en cambio, ha surgido la rapiña, la piratería, la envidia, la deshumanización y el oportunismo político-estratégico. Como es el caso de la “cooperación” entre los gobiernos de Israel y Palestina para atacar en forma conjunta la pandemia pero, bajo la amenaza israelita de seguir anexando más territorios palestinos. Luego entonces, ¿cómo se le puede llamar a esto cooperación?.

Ahora bien, es necesario recordar que los principales efectos de la pandemia han estado y seguirán recayendo con mayor énfasis en la población históricamente empobrecida, pero también los obreros, campesinos, los comerciantes informales y, desde luego los migrantes y desplazados por diversas razones. Igualmente es necesario apuntar que uno de los efectos primarios de la pandemia es que ensanchó la brecha de la desigualdad social; ha aumentado la inseguridad humana, particularmente la violencia hacia las mujeres y desde luego la violación de los DDHH de muchas poblaciones por parte de algunos gobiernos que, al verse desplazados y no poder contener la pandemia, han recurrido a coartar los derechos individuales de sus poblaciones al grado de convertirse en represores.

Desde luego que la pandemia puso en jaque a todos los sistemas de salud mundiales, incluidos los países más poderosos, así como a las principales organizaciones mundiales y regionales de salud descubriéndose, entre otros aspectos, que saturó los servicios de terapia intensiva; que muchos de los sistemas de salud ya habían pre colapsado ante la falta de insumos básicos de seguridad sanitaria: (mascarillas, guantes, googles, batas); se comprobó la falta de camas, secciones apropiadas  de urgencias y de terapia intensiva pero, particularmente, se enfrentaron al hecho de no contar con suficiente personal médico y de enfermería especializados.

Uno de los casos que causó estupor en el ámbito mundial sigue siendo la caótica situación que continúa provocando la pandemia en el país hegemon, que vino a reflejar lo que muchos sabían pero callaban: que no existe una seguridad social pública y que sus servicios médicos están en manos de un sector privado que los brinda con fines de lucro. Así fue como se convirtió en el país que continúa produciendo el mayor número de contagios, letalidad y muertes a nivel global. Situación lamentable pero, lo peor es que su presidente desde un principio no le dio la importancia debida; posteriormente, continuó clamando por volver de regreso a laborar,  desoyendo las recomendaciones de la OMS y de sus propias autoridades sanitarias, actitudes con la cuales confirma que lo importante para ese país es la economía, aún cuando vaya de por medio la vida de su población.

Lo más reprobable es que no ha querido asumir su culpabilidad y, en cambio, continúa buscando un culpable del desastre sanitario en su país. Primero, el 14/abr/20 culpó a la OMS por “el severo mal manejo y encubrimiento de la propagación del coronavirus”; sin mostrar ninguna prueba fehaciente; a ésta crítica se le unieron el 16/abr/20 los demás miembros del G7; días después amenazó a China de ocultar intencionalmente información sobre el coronavirus y, asimismo de ser el responsable no solo de haber producido el virus, sino también de haberlo diseminado; desde luego sin presentar ninguna prueba y,  a manera de un insensato corolario, pidió a sus socios que aumentaran sus cuotas de dinero para la OTAN.

Europa es otra región que continúa sensiblemente afectada, particularmente Italia, España, Francia, Inglaterra y Alemania. De acuerdo al comportamiento adoptado por las principales naciones de la Unión Europea (política y económicamente hablando), todo parece indicar que la pandemia se puede convertir en el último clavo del ataúd de la UE, particularmente si tomamos en consideración los siguientes hechos: en ningún momento los principales órganos políticos se pusieron de acuerdo para adoptar una posición conjunta de cómo atacar la pandemia; los entes sanitarios directamente responsables de velar por la seguridad médica de los habitantes de dicha zona se quedaron paralizados; esto llevó no sólo a que cada país tomara, por separado, las medidas que consideró apropiadas, con los preocupantes y macabros resultados conocidos sino, también, a que surgiera una absurda y desleal piratería de insumos médicos, elementos todos que, en forma conjunta (si se suman los efectos del Brexit), seguramente tenderá a desintegrar la poca unidad que existía hasta ahora entre los comunitarios.

En cuanto a América Latina, existe la opinión de expertos en la región, que las crisis que siempre ha padecido la región en temas como finanzas, economía, empleos, etc., se irán incrementando negativamente por la pandemia. Asimismo, como resultados lógicos de la misma: por la disminución de la actividad económica de sus principales socios comerciales; por la caída de los precios de las materias primas de exportación; por la interrupción de las cadenas globales de valor; por la menor demanda de servicios de turismo y, por la mayor aversión al riesgo y al empeoramiento de las condiciones financieras mundiales. Como se ha podido apreciar desde hace tiempo, América Latina se enfrenta a esta pandemia en condiciones frágiles, debido entre otros aspectos,  a que en los últimos años han predominado gobiernos neoliberales que han desarticulado la institucionalidad de la integración regional. La pregunta es: ¿Cuánto puede aguantar Latinoamérica y el Caribe inmovilizada, militarizada, sin comida y sin trabajo?

A manera de conclusión, puede decirse que el mundo ha sufrido un golpe tal que tardará mucho en restaurarse y que esta recuperación debe de ser vía el multilateralismo, la consecuente cooperación incluyente entre los organismos internacionales, los Estados y sus sociedades, haciendo a un lado la parte oscura que, cada sector por su parte, ha demostrado hasta la fecha. Debe de quedar claro que el autoaislamiento político de los países es hoy su peor enemigo y que, consecuentemente, es un búmeran que empeora la actual situación.

Así mismo, es necesario acatar las recomendaciones, que tanto la Corte Interamericana de Derechos Humanos, como la ONU, llamaron a la atención en el sentido de que, en el marco de la pandemia se ha producido una crisis de DDHH, por lo que recomendaron que los gobiernos de los Estados deben asegurar la plena vigencia de los mismos, así como respetar el estado de derecho, recordando a su vez que es deber (de las Naciones) la necesidad de fortalecer el multilateralismo y la cooperación entre los Estado, en un mundo que está absolutamente parcializado y encerrado dentro de sus  fronteras.

Por otra parte, dentro de estas consideraciones finales, es necesario apuntar que un sector que ha influido sensible y negativamente en las sociedades han sido sin lugar a duda los medios de comunicación, los que de diversa manera han sobrepasado la libertad de expresión ya que se han encargado de manipular noticias, crear información falsa, denigrar a personajes del sector público, a acompañar fuertes campañas de desprestigio contra los sectores de salud oficiales, acciones todas que irremediablemente han incrementado, a nivel mundial; el temor, el miedo y el pánico, lo que continúa perjudicando a las sociedades. En otras palabras, el principal objetivo de los medios de comunicación (ayudados por las redes sociales) apunta a confundir a la población, generar miedo e incertidumbre, trastornar su mente y moldear su opinión hacia una determinada posición política-ideológica que a su vez produce una crispación en la sociedad.

Otra conclusión es que los estadounidenses han actuado como una potencia extremadamente arrogante y egoísta, prevaleciendo su política de sanciones, lo que hace prever la pérdida de su “liderazgo moral” (mismo que lleva años disminuyendo) ante el mundo e inclusive, existe la opinión prácticamente generalizada, de su caída como país hegemon o, por lo menos, la pérdida de la confianza de sus “aliados” europeos. Sobre este tema y de acuerdo a analistas de esa zona, la UE se enfrenta a la mayor prueba de fuego que jamás haya conocido, una prueba que tensará más la relación entre los países miembros y puede llevar a una crisis de estabilidad política y financiera en los países que la integran pero, asimismo, el declive y la inoperancia de la OTAN en Europa.

            Geopolíticamente, se está abriendo la posibilidad de que se establezca un nuevo orden internacional, en donde cabe la posibilidad de que los estadounidenses restauren su posición hegemónica; que sea China la que logre la uniporalidad y, la posibilidad de un mundo multipolar, donde tanto Rusia, como China, sean los grandes actores.

            Vale la pena resaltar que he considerado prudente no referirme a la situación actual ni a las perspectivas de lo que sucede en México, porque resultaría aventurado adelantar juicios sobre los alcances, fracaso o éxito, en su lucha contra la pandemia (Programa Centinela); las decisiones presidenciales –acertadas o no- sobre programas dirigidos a la población (Primero los pobres); la crisis financiera universal y, con ello, las consecuencias sobre el colapso del sector petrolero, la pérdida de millones de empleos, la delicada afectación del sector turismo, etc. etc.

            Mi reflexión final no es qué mundo vamos a encontrar después de la pandemia, más bien mi pregunta es qué sociedad emergerá de la misma. En lo personal, considero que el mundo en sus aspectos financieros y económicos no variará porque no hay un nuevo sistema que sustituya al neoliberalismo (capitalismo).  En lo político, los líderes (presidentes-mandatarios-clase política) serán juzgados por sus pueblos de acuerdo a su comportamiento, éxitos o fracasos durante la pandemia, consecuentemente considero que muchas “democracias” caerán, existiendo el temor de que no solo se acrecienten los regímenes dictatoriales sino, peor aún, resurja el militarismo.

            En cuanto a las sociedades, sería lamentable (aunque previsible) que los pueblos no sepan o no puedan salir de la psicosis, del miedo, del pánico de la pandemia, o peor aún, que sigan permitiendo ser sobajados y acosados por gobiernos nefastos. Ahora más que nunca es urgente su presencia, su voz, sus reclamos ante sus respectivos gobiernos, con demandas que apunten hacia la mejora y el fortalecimiento de sus derechos civiles, humanos, de salud, económicos y sociales. Un retroceso solo socavaría –aún más- su situación actual.   

 

 

 

 

 


[1] Este artículo está basado en infinidad de noticias publicadas en medios de comunicación mexicanos y extranjeros, así como en opiniones vertidas por destacados periodistas y expertos internacionales.

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